El Capítulo I de
la hagiografía narra también como Agustín Salumbrino al servicio del noble
Marco Aurelio Mansel se ve envuelto con el conde como acusado en un sonado
crimen cometido en la ciudad de Roma. Se narra así:
Traía su amo el conde reñidas
enemistades con otro gran caballero, sobrino de Gregorio XIII que a la sazón
tenía la silla de San Pedro. Y sin saberse quién o cómo se haya cometido el
delito le hallaron una mañana muerto. Lo sintieron grandemente sus parientes.
Lleno de indignación el sumo pontífice mandó hacer rigurosa averiguación del
delito. Y como era pública la enemistad que traía con el conde Aurelio, no
fueron necesarios más indicios para prenderle con todos sus criados. Y como
Agustín era el más válido suyo, fue el primero de quien echaron mano y a quien
pusieron en prisiones más duras.
Aquí fue donde la envidia de los
otros desfogó el fuego de indignación que tenían reprimido, porque aprovechando
la ocasión le cargaron la culpa, juraron contra él y acriminaron el delito de
manera que al principio le condenaron al tormento y después vista la probanza
con la acusación de los testigos, a muerte pública.
Sabido por el conde, ofreció
gran suma de dineros por su vida, pero fue sin fruto, porque como el muerto era
tan gran caballero y pariente tan cercano del pontífice, no se dio oído a
composición ni a perdón, mandando con riguroso decreto que se castigase
ejemplarmente el delito.
Fue sin duda
un crimen que conmocionó a Roma, intervino el Papa Gregorio XIII, estuvo
involucrado un personaje de la nobleza, el “conde” Mansel, hubo detenciones,
ofrecimientos de grandes sumas de dinero y la víctima se dice resultaba ser
sobrino del pontífice.
Habiendo sido
escrita la hagiografía décadas después de los acontecimientos, en Lima, muy
lejos del lugar del lugar del crimen y no siendo su propósito ser una crónica
es necesario contrastar los hechos narrados con los que se tiene registros
históricos.
Bajo el
pontificado de Gregorio XIII hubo muchos crímenes en Roma, sin embargo, ninguno
con la resonancia del ocurrido en la noche del 17 de abril de 1581 en que es
asesinado por un grupo de sicarios Francesco Peretti esposo de una hermosa dama
llamada Vittoria Accoramboni.
La obra Crónicas
Italianas (publicado en 1837) del escritor francés Henri Beyle (bajo el
seudónimo de Stendhal) incluye el relato Vittoria Accoramboni, duquesa de
Bracciano, basado en manuscritos antiguos que dice haber revisado cuando
era cónsul en Civitavecchia, Roma. El asesinato de Francesco, según Stenhal
ocurrió así:
“Francesco, que ya estaba en la
cama con su esposa, recibió un papel de manos de una tal Catarina Bolognese,
doncella de Vittoria, que le entregó un hombre llamado Domenico d´Acquaviva da Fermo,
apodado “Mancino”. El papel estaba escrito a nombre de Mercelle, hermano de
Vittoria, quien, siendo muy querido por Francesco como su hermana, había sido
desterrado de Roma, pero no obstante la visitaba con frecuencia, acostumbrado a
quedarse con Francesco. Marcelle lo convocó apresuradamente a un lugar especial
en Monte Cavallo, donde le dijo que lo esperaba por un asunto muy urgente.
Francesco le contó todo a su
esposa y, sin más dilación, se vistió para irse, no adonde pensaba visitar a su
cuñado, sino adondequiera que lo llevara su desgracia. Ya vestido y armado
únicamente con su espada, se disponía a partir cuando Camila, su madre, y todas
las demás mujeres de la casa salieron a su encuentro. Le rogaron repetidamente
que no saliera a esas horas, y Camila le dio muchas razones para apartarlo,
basándose en la urgencia del momento, la repentina partida del mensajero tras
la entrega de la Carta y muchos incidentes en la época gregorina, es decir,
durante el pontificado de Gregorio III.
Francesco despreció todas estas
razones, sobre todo al saber que el portador de la carta había sido Mancino, un
hombre al que no solo conocía bien, sino del que se había beneficiado. Por lo
tanto, partió armado como se describía, dejando en el corazón de su madre la
dolorosa premonición del desastre inminente. El desdichado hombre ya estaba
escalando la cresta del Monte Cavallo cuando, alcanzado por tres disparos de
arcabuz, cayó al suelo indefenso. Entonces, acorralado por asesinos, lo
apuñalaron en varias partes hasta asegurarse de su muerte”
¿Qué motivo
el crimen? La historia atribuye su autoría al duque Paolo Giordano Orsini, de
una de las más ricas y poderosas familias romana y a su camarero u hombre de
confianza Marcelle Accoramboni, cuñado de la víctima Francesco Peretti. El primero, en razón de estar perdidamente
enamorado de Vittoria y querer casarse con ella. El duque Orsini era viudo en razón de
haber estrangulado a su primera esposa Isabel de Medici según las referencias
históricas. Y el segundo, pues el matrimonio del duque con su hermana Vittoria le habría
las puertas al poder y fortuna de los Orsini.
Este crimen se vincula a la prisión que sufrió Salumbrino por varias razones. Primero,
porque encaja perfectamente en el tiempo, y hasta en el año en que llega
Salumbrino de Milán a Roma. Segundo, fue un hecho que afectó directamente al
Papa Gregorio XIII. Según la hagiografía porque el asesinado era su sobrino,
sin embargo, la verdad es que era sobrino del cardenal Felice Peretti, quien a
la muerte de Gregorio XIII lo sucedería como pontífice con el nombre de Sixto
V. Tercero, porque estando de por medio el duque Orsini el juicio pasó por agua
tibia y se ensañaron con la parte más débil Agustín Salumbrino cuando resultaba
evidente que el asesinato había sido cometido por sicarios profesionales, sanguinarios
y diestros en el manejo de armas bien pagados por el duque.
El nombre del “conde” Alexando Aurelio Mansel guarda varias inconsistencias. En nuestra investigación no hemos encontrado referencia alguna a un conde romano con ese nombre, es más “Mansel” no parece siquiera un nombre italiano. La cita del nombre podría deberse a un error de transcripción o traducción. ¿No podría haber sido más bien Marcelle o Marcello? (/mar-ché-le/), el cuñado de la víctima? Esto explicaría porqué el Papa Gregorio XIII ordena la inmediata prisión del "conde Mansel" basado en la carta que dio lugar a la emboscada y con el a sus sirvientes entre los que estaba Agustín Salumbrino. De otro lado, es obvio que Gregorio III no se hubiera atrevido a encerrar al duque Paolo Giordano Orsini. El título de conde puesto a Marcelle o Marcello no llama la atención pues era usual en Roma inflar el árbol genealógico de un noble de bajo nivel.
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La vida le sonreía, vivía orgulloso, pleno de entusiasmo y
poca reflexión como muchos jóvenes. Se encontraba ilusionado con la posibilidad
de adquirir con el tiempo honra y hacienda. Quizás formar un hogar con una dama parecida a la que le alcanzó una manzana del
árbol en las huertas del conde. Era fácil enamorarse.
En el capítulo Cuarto de la obra la historia se cuenta así: "Le sucedió
un día, siendo seglar, ir con el conde Alejandro su señor a un jardín adonde
había mucha fruta y aunque los otros criados la vendimiaban, como fuesen los de
palacio, el recatado mancebo no extendió la mano a cosa alguna de la huerta.
Viendo una dama que a la sazón estaba allí ella le alcanzó una manzana del
árbol, pero no con mala intención. Él la recibió por no mostrarse esquivo y
descortés con quién le hacía el favor. Y acaso al tomarla tocó su mano la suya
y tuvo tanto dolor de esta acción y de haber tocado la mano de la mujer que
lloró este pecado toda su vida".
El roce de las manos parece sugerir la imagen de la mujer serpiente,
encarnación de la tentación, que ofreció el fruto del árbol al joven
Salumbrino. El autor suprime de la escena cualquier atisbo de sensualidad. Es
posible que en la hagiografía la dama sea solo la alegoría del mundo que dejó
por seguir su misión o la impresión que dejó en él la belleza magnética de Vittoria Accoramboni, hermana de su amo, y de la tragedia que vivió. Podrían ser ambas cosas lo que explicaría que Salumbrino bautizara a su
diablo con el nombre de Chapín un calzado femenino. No deja de llamar la atención que pocos años después en 1612 el autor John Webster pusiera en escena su obra El Diablo Blanco (The White Devil) basada en los acontecimientos que dieron lugar a la tragedia de Vittoria.
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| Vista de la Tor di Nona, prisión cerca al Hospital del Espíritu Santo. Tempera en pergaminos siglo XVII de Gaspar van Wittel |
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En el libro no se registra el lugar en que Salumbrino fue detenido. En el Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús de O´Neill y Domínguez se consigna que fue acusado de homicidio en Ravena y llevado preso a Roma. Desconocemos la fuente en que se basa esta afirmación. Sin embargo, tiene sentido, pues en ese momento los sirvientes del llamado conde Mansel, hombre de confianza del duque de Bracciano, Paolo Giordano Orsini, estaban bajo sospecha y buscando refugio.
Los acusados fueron
encerrados e incomunicados en las torres prisión entre el castillo de San
Ángelo y la plaza de San Pedro, en uno de los barrios de Roma más infectados de
malaria.
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Agustín Salumbrino compareció en
la cárcel ante el juez, fiscal y notario que daba fe de lo actuado y de las
declaraciones. Los sirvientes le atribuyeron el crimen. "Aquí fue donde
la envidia de los otros desfogó el fuego de indignación que tenían reprimido,
porque aprovechando la ocasión le cargaron la culpa, juraron contra él y
acriminaron el delito de manera que al principio le condenaron al tormento y
después vista la probanza con la acusación de los testigos a muerte
pública". Habiéndose comunicado el fallo, la ejecución de
la pena en la Roma palúdica era cuestión de días. Agustín Salumbrino sería
trasladado al puente de San Ángelo para entregarlo a manos del verdugo para que
cumpla su función ante un público que atendía a estos eventos a veces a dar
vivas y en otras conmovido a pedir clemencia. Recién cumplidos los veinte años
de edad esperaba su ajusticiamiento. Miraba su vida "...en un
hilo".
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En estas circunstancias aparecían
en la torre prisión los miembros de turno, por lo general dos, de la
Confraternidad de laicos de San
Giovanni Decollato (Lazar, 2005) conocidos también
como Della Misericordia con el propósito de confortar al
condenado y prepararlo en el arte del buen morir. La Confraternidad
procuraba que el condenado aceptara que si bien iba a perder su cuerpo con ello
iba a acrecentar las posibilidades de salvar su alma. Para esto debía
conformarse con su suerte. Asimismo, debía perdonar a todos aquellos que lo
llevaban a la muerte, a sus enemigos, la policía, los magistrados y al verdugo
que lo esperaba con la cara cubierta en el puente de San Ángelo. Su misión era
lograr que el reo asumiera la figura de un mártir, aun cuando hubiese sido un
criminal; con mayor razón aun si se consideraba víctima de una injusticia. La
posibilidad de llegar al cielo como el Buen Ladrón, sin siquiera pasar por el
purgatorio, estaba cerca, como anota Nicholás Terpstra en base a Manuales
de la época. Esto siempre y cuando aceptara su destino así como Jesucristo
se resignó al suyo.
El confesor oficial en Roma en el caso de una ejecución, era por lo general un
sacerdote de la Compañía de Jesús. El religioso encontró a un joven afligido de
corazón que no necesitaba transitar por la vía purgativa de la primera
semana de los Ejercicios
Espirituales de San Ignacio de Loyola, la estaba viviendo con sus cinco
sentidos.
Como ocurría con frecuencia, la preparación mental y espiritual de los Della
Misericordia y del confesor jesuita surtió efecto. Narra
su biografía que Agustín Salumbrino "primero lloró sus pecados,
conformándose con la voluntad de Dios, sin volverse contra los jueces,
ni contra los que le perseguían".
El pacífico estado del
joven Salumbrino provino de experimentar su fin próximo. El tiempo se detuvo,
volvió a ser el niño de Forlí, de cuando el mundo estaba fuera de su control.
No había que tener miedo solo fe (Marcos 5:36) Hoy era una semilla mañana una
pequeña planta en el paraíso. Cuenta un jesuita nacido en las afueras de Bombay en
la India, el padre
Anthony De Mello, refiriéndose a un guerrero japonés apresado por sus
enemigos, encerrado en un calabozo, que no podía dormir pensando que al día
siguiente sería sometido a suplicio. Sin embargo se quedó dormido recordando la
enseñanza de su maestro El mañana no es real. La única realidad es el
presente. Concluye el jesuita diciendo: El hombre en el que el
futuro ha perdido su influencia se parece a los pájaros del cielo y a los
lirios del campo. Fuera preocupaciones por el mañana. Vivir totalmente en el
presente: He ahí al hombre santo.
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A punto de ser ejecutado "los
jueces revocaron la sentencia y salió libre de la cárcel cuando él esperaba
salir a padecer la muerte. Y no solo él salió sino también el conde y los demás
criados". En el impredecible orden de las cosas su hora no había
llegado.
Su hagiógrafo atribuye el final
feliz a la intervención divina. Escribe: "Vino la Reina de los
Ángeles del cielo y glorificó con su luz aquel oscuro calabozo y mostrándose
visible le habló como el ángel a Cristo en Getsemani diciéndole que no temiese,
porque sería cierta su libertad y le sacaría de aquel trance victorioso; que se
acordase de aquella merced que le hacía y le fuese agradecido".
Uno de los primeros en recibir la
noticia de la mariofanía fue el padre Maborola, rector del Colegio Romano,
según consigna su biografía (podría tratarse más bien del padre Próspero
Malavolta, que fuera rector del Colegio de los jesuitas en Mantua y a quien
habría conocido por su relación con San Luis Gonzaga) Durante los siglos
siguientes la Compañía de Jesús reproduce esta información sobre la aparición
visible de la Virgen María a Agustín Salumbrino cuando se encontraba
encarcelado no obstante que la aparición no guarda concordancia con la
tradición católica. En este caso, la Virgen no se le aparece a una persona de
conocida inocencia y santidad sino a un joven que lejos de mostrar una vocación
religiosa había optado por vivir la vida en el mundo. A pesar de ello, se
le reconoce el privilegio de haber sido de los pocos de la orden que
experimentaron estas visiones. Otros jesuitas fueron Ignacio de Loyola,
Estanislao Kostka (novicio que muere de malaria antes de cumplir los dieciocho
años) y Luis Gonzaga.
En estas manifestaciones la
Virgen se muestra más resplandeciente que el sol y más bella que la luna
según se da cuenta en el Capítulo Segundo del libro. En el Capítulo Tres
de la obra se afirma que estas visiones ocurrían con frecuencia: "...le
pagaba su devoción esta celestial Señora tan colmadamente que todas las semanas
dos veces baja del cielo a visitarle y esforzarle en su trabajo y a regalarle
con su presencia y muy dulces palabras. Y que en el camino por tierra y en la
navegación por la mar le hizo este regalo y le continuó en las Indias, al paso
que el siervo de Dios, como tan humilde; y si el hijo suyo la sirvió toda su
vida, que es un favor muy singular, que no se lee de otro santo y que arguye
gran pureza de alma y gran amor de Dios y fervor de espíritu y devoción
cordialísima con la Reina de los Angeles".
La hagiografía, esforzada en
magnificar la santidad del personaje, sostiene que: "... los
jueces enterados de su inocencia y movidos por su grande virtud, revocaron la
sentencia y salió libre de la cárcel, cuando él esperaba salir a padecer la
muerte. Y no sólo él salió sino también el conde y los demás criados,
ordenándolo así Dios. Y componiendo las cosas por los méritos de su siervo:
antigua costumbre suya hacer favor a muchos por los méritos de un justo".
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Otra posibilidad, no excluyente
de la anterior, es la de que el arzobispo y cardenal Carlos Borromeo, protector del joven Salumbrino, y
políticamente emparentado con los Orsini haya abogado ante Gregorio XIII para la
liberación del conde Mansel (Marcelle) y demás criados. Un año antes de morir, a fines de
1583, el arzobispo fue a Roma a entrevistarse con el Pontífice, del que había
sido alumno y que era su amigo de muchos años. El Papa lo esperaba para tratar
con él dos asuntos muy graves uno que tocaba a la ciudad de Bolonia,
precisamente de dónde provenía su familia y el sobrino asesinado; otro,
referente a un conflicto entre dos grandes príncipes de Italia que le tocaba a
él resolver. La intervención de Carlos Borromeo, a quien Agustín Salumbrino le
debería la vida, explicaría la devoción que tuvo por él. Señala el
autor: Y el santo arzobispo le dio una cruz de reliquias en prendas de
su amor, la cual guardó el hermano Agustín toda su vida, como una preciosa
reliquia recibida de mano de tal santo.
Mientras Europa se debatía en
asuntos de intriga humana, un ser diminuto, el Plasmodium,
ajeno a estas querellas, cruzaba el Atlántico en busca de nuevos horizontes.
Invisible a los ojos, pero no a sus víctimas, este parásito microscópico se
embarcó en una expedición silenciosa hacia el Nuevo Mundo, donde la sangre
humana fluía en abundancia.
Aunque se cree que el Plasmodium
realizó sus primeros desembarcos junto a Cristóbal Colón, fueron escaramuzas
iniciales. Su gran oportunidad llegó con la trata negrera, cuando miles de
africanos fueron transportados en barcos negreros, convirtiéndose en involuntarios
vectores de la enfermedad. El parásito, oculto en el cuerpo de estos
desafortunados, encontró en el Nuevo Mundo un nuevo campo de batalla para su
cacería de glóbulos rojos.
Entre tanto, Carlos Borromeo arzobispo de Milán y cardenal de Roma emprendió en
1584 una visita a las villas y ciudades de la arquidiócesis. Partió al este
hacia Novara, Masserano y Vercelli, atravesando una extensa área pantanosa,
dónde contrajo la malaria. En esa estación del año, todavía pululaban en
los terrenos anegados los mosquitos, la caballería alada del Plasmodium. El año
anterior había enfrentado a los herejes protestantes así como procesado,
interrogado, torturado y finalmente llevado a la hoguera a once brujas en el
Valle de Melsocina en el país de los grisones. Ahora le tocaba caer en la red
de un microscópico ser causante de más muertes que las infundidas por todos los
ejércitos. En la lógica de los paracelsistas, así como existían arcanos o
energías ocultos, luces de la naturaleza, lumen naturae, que van
mostrando el secreto de la cura también habían otros causantes de la
enfermedad, en el caso de la fiebre el exceso de azufre.
Para cerrar este capítulo,
diremos que una vez que asume el papado Sixto V, tío del sobrino asesinado, el duque
Paolo Giordano Orsini y Vittoria Accoramboni fugan de Roma hacia el norte de
Italia, donde muere el duque. Al mes siguiente Vittoria es asesinada por uno de
los Orsini. De Marcelle, que presumimos era el conde Marco Aurelio Mansel en la
hagiografía terminó decapitado por mandato de Sixto V.


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