Capítulo 4: EL ÁRBOL DEL REINO


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Millones de años antes de Adán y Eva, apareció en el planeta un árbol cuya corteza contenía un principio que detenía el avance del Plasmodium. Sus semillas germinaron al Sur del continente Americano en Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. En la década de los sesenta del siglo XIX por acción del ser humano y no ya solo de la naturaleza se cultivaron extensos bosques de quina en la India, Sri Lanka (antes Ceilán) y en la isla de Java (Indonesia), en tanto quedaron en riesgo de extinción en sus territorios de origen. La especie fue clasificada y denominada Cinchona en el siglo XVIII por el científico sueco Carlos Linneo, en honor a Francisca Enríquez de Rivera, condesa de Chinchón y virreina del Perú. Hasta hoy es un misterio cómo los alcaloides en esta planta, entre ellos la quinina, logran ganarle la batalla al microorganismo en el cuerpo de un paciente infectado de malaria.


 



Árboles de Quina en el Parque Nacional Podocarpus, Loja.


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La Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales del médico sevillano Nicolás Monardes, publicado en 1571, es el primer libro conocido que informa sobre la existencia de la corteza del árbol en América con la que se curan las fiebres o calenturas. Cuando se imprimió el tomo, Agustín Salumbrino apenas tenía siete años de edad y Francisca Enríquez de Rivera, la condesa de Chinchón, no había siquiera nacido.


Monardes fue autor de obras de medicina, tratante de esclavos, comerciante de productos llevados y traídos del Nuevo Mundo y un estudioso de las plantas americanas no obstante que jamás visitó estas tierras. Por las noticias que recibió de viajeros que llegaban a Sevilla del Nuevo Reino de Granada, actual territorio de Colombia, describe al árbol como de mucha grandeza, con hojas en forma de corazón y sin fruto, al menos no comestible. Sí da unos racimos con cápsulas que al secarse dejan libres al viento algunas decenas de semillas en forma de alas de mosca y muy livianas; toman tiempo en caer para que el viento las pueda llevar a un lugar propicio para germinar. La inteligencia de este árbol para propagarse ha probado no ser menor que la del Plasmodium. 

Frutos con semillas de quina del pueblo de Chalaco en Piura

Almácigo de quinas en Miraflores, Lima
           
Informa que los españoles aprendieron de los indios el uso de esta corteza para sanar de las calenturas. Agrega que la traen a España como cosa maravillosa y que él mismo la había experimentado.


Sobre la cáscara del árbol refiere que es gruesa, sólida y dura, que en esto y en el color se parece mucho a la del palo que llaman de Guayacán. Añade que en la superficie tiene una película delgada blanquizca. Lo probable es que haya tenido a la vista la corteza de la especie Cinchona officinalis con este color característico (la de la Cinchona succirubra es roja y la de la Cinchona calisaya amarilla) Señala que tiene más de un dedo de grueso, es sólida, pesada, con un fuerte sabor amargo como el de la genciana, y astringente, algo aromática y de buen olor al mascar. Se prepara moliendo una pequeña cantidad de la corteza hasta hacerla polvo. Se pone en vino tinto o agua y se toma por la mañana en ayuna, tres o cuatro veces.


En 1572 el médico toledano Juan Fragoso publicó el libro Discursos de las cosas aromáticas, árboles y frutales y de muchas otras medicinas simples que se traen de la India Oriental y sirven al uso de medicina, en el que transcribe parte de la descripción de Monardes, sin citarlo.


Fragoso fue médico de la Corte en tiempos de Carlos I y luego de su hijo Felipe II en el palacio y monasterio de El Escorial. Si Fragoso se hubiese percatado que ese árbol que describía curaba la malaria, hubiese tenido la oportunidad de salvar la vida de los dos monarcas españoles más importantes de la historia.


W.A. Christian y S. Muñoz Calvo refieren que la religión y la magia suplían a menudo la falta del remedio. Cuando el poderoso Carlos I enfermó de malaria, iba a barrer la Iglesia de Santiago en Toledo para curarse. Esta era una creencia religiosa extendida en la ciudad. Finalmente el mal lo mató en 1586. Su hijo el rey Felipe II contrajo también varias veces la malaria, muriendo de ella y otros achaques en El Escorial en 1598.


Felipe II era atendido en el palacio y monasterio por sesenta médicos, uno de los principales era Fragoso. El tratamiento que daban a las frecuentes fiebres tercianas del rey era el usual, sangrías y purgas. Por razones evidentes, el monarca tenía puestas sus esperanzas más que en los médicos en su vasta colección de reliquias guardadas en una habitación contigua a su dormitorio. Allí tenía la cabeza de Santa Undelina, la quijada de Santa Inés, el brazo de San Ambrosio y el de San Vicente Ferrer, la rodilla entera de San Sebastián, reliquias de María Magdalena y cajas con otros objetos y restos sagrados.


Al enfermar su hijo gravemente, el que sería Felipe III, el rey hizo colocar a la cabecera de su cama una púa de la Corona de Espinas. Años después cuando Felipe III era rey contrajo fiebres y curó. Según aseveraba el monarca fue en razón de una reliquia de San Isidro Labrador puesta debajo de su almohada.


La obra de Monardes de 1571 y luego la del médico toledano Juan Fragoso que se dio a la luz al año siguiente, evidencian que el conocimiento tradicional de las propiedades medicinales del árbol de la quina para tratar fiebres viene de los pueblos antiguos de América. Asimismo que su existencia fue revelada a los españoles en América y en España en el siglo XVI y no recién en el XVII.


Desde esta perspectiva, no resulta extraña la aseveración del médico colombiano Jaime Jaramillo Arango, citado por J. Lastres, que Pedro Leiva cacique de Malacatos en Loja, Ecuador, fue quien en 1600 dio la corteza a un jesuita que había enfermado de malaria, sanándolo. Hecho este ocurrido casi treinta años antes de que llegaran a Lima los condes de Chinchón.


En general, los historiadores que tratan sobre el descubrimiento de las propiedades medicinales de la corteza de la quina coinciden en que el hallazgo se origina en la sabiduría, conocimiento y práctica médica tradicional desarrollada por las primeras naciones americanas a través de muchas generaciones, como resultado de su interacción con su medio ambiente y sus experiencias mágicas y religiosas. Fue este conocimiento tradicional el que permitió conseguir la primera gran derrota del Plasmodium falciparum.


La literatura, encandilada con la figura de la leyenda de la Condesa de Chinchón, también enfatiza esta procedencia de los pueblos de América.

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Sin embargo, la identificación específica de la corteza para detener la malaria, particularmente la maligna causada por el Plasmodium falciparum, llegó recién en las primeras décadas del siglo XVII. Esto en parte porque la terciana maligna fue de reciente data en América, pues se extendió con la llegada de los esclavos africanos. A esta causa podemos agregar otras como el escaso número de médicos, su apego a los cánones de la medicina europea y su poca experiencia en diagnosticar la enfermedad; además que la sintomatología de la malaria no era fácilmente diferenciable de otras enfermedades que se daban con fiebres y diarreas.


Las concepciones de la época basadas en el equilibrio de los humores en el cuerpo tampoco ayudaba, se prescribía la misma cura para varios tipos de fiebres considerándolas a todas iguales o estrechamente relacionadas. Cabe agregar otro motivo, los árboles de quina no eran de fácil acceso. No existían bosques de esa especie sino manchas que eran ubicadas por el ojo especializado de los nativos.


Fue Agustín Salumbrino quien logró armar el rompecabezas, juntando el conocimiento tradicional con el entendimiento que se tenía entonces de la malaria en Occidente identificando al remedio. Asimismo hizo conocer la corteza en todo el mundo haciendo remesas continuas a España e Italia. Esta hazaña empequeñece a los grandes conquistadores militares. Alejandro Magno conquistó el Asia pero sucumbió ante la malaria.
Esta extraordinaria victoria sobre el Plasmodium falciparum no hubiese sido posible de no haber existido en esa época un gran interés por las plantas medicinales del Nuevo Mundo en las más altas esferas del poder, empezando por el propio rey de España, así como en los círculos científicos y entre algunas órdenes religiosas, en particular la Compañía de Jesús.

Se dio la gran alianza de Dios, el hombre y el árbol en el reino del Perú. Lamentablemente como en todas estas gestas se generan los errores que deterioran esta unión.  Identificada la cura se dio la sobrexplotación del recurso, los árboles se cortaron para aprovechar la corteza sin preocuparse los gobiernos de América del Sur ni los comerciantes en propagar la planta. Para el siglo XIX la quina casi se había extinguido en su habitat natural. En cambio los ingleses y holandeses cultivaban ya millones de estos árboles en sus posesiones coloniales del Asia, en especial en India y en la isla de Java (Indonesia), estudiando con mucha dedicación y técnica su cultivo así como su aprovechamiento salvando innumerables vidas. Fue Sir Clements R.Markham quien llevó del Perú algunas plantas y semillas de la Cinchona Calisaya a Londres e India. Markham escogió el sur de la India, las colinas de Nilgiri, Coorg y Pulney para introducir los cultivos, por el parecido del ecosistema con el de Carabaya, Puno en el Perú de donde provenía la C.Calisaya. Los cultivos del gobierno británico en sus colonias del Asia se extendieron a Sikkim, en la cordillera del Himalaya, a Bengala Occidental y a la isla de la actual Sri Lanka.    

La parábola para las futuras generaciones de América del Sur empezaría diciendo: Había una vez un reino en el que un hombre santo descubrió un árbol con una corteza prodigiosa para salvar la vida de quienes sufrían una terrible enfermedad. Los comerciantes del reino empezaron a cortarlo para venderla, las autoridades estaban felices cobrando impuestos, los pobladores se jactaban de la planta y cuidaban celosamente que otros reinos no se llevaran las plantas y semillas. Nadie se preocupó en el reino por cultivarlo hasta que casi desapareció. 

Quizás algunos jóvenes del siglo XXI que lean esta líneas se animen a propiciar la colaboración técnica entre los gobiernos e instituciones de la India, Sri Lanka, Indonesia y América del Sur para reintroducir los bosques de quina en sus montañas de origen. La parábola del árbol de quina y la obra de Salumbrino tendrían un final feliz. 


 

BIBLIOGRAFÍA DEL CAPÍTULO 4:


-NICOLÁS MONARDES, La Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, Primera, Segunda y Tercera Partes, Sevilla 1580
-JUAN FRAGOSO, Discursos de las cosas aromáticas, árboles y frutales y de muchas otras medicinas simples que se traen de la India Oriental y sirven al uso de medicina, Madrid 1572
-JUAN DE VELASCO, Historia del Reino de Quito en la América Meridional, Año de 1789, Quito 1844
-GEORGE KING, A Manual of Cinchona Cultivation in India, Calcuta, 1880.
-JUAN B. LASTRES, La Medicina en el Virreinato, Volumen II, Lima, 1951
-WILLIAM A. CHRISTIAN, Religiosidad Local en la España de Felipe II, Madrid 1991
-FERNANDO I. ORTIZ CRESPO, La Corteza del Árbol sin Nombre, Hacia una Historia Congruente del Descubrimiento y Difusión de la Quina
-SAGRARIO MUÑOZ CALVO, El Medicamento en la Medicina de Cámara de Felipe II: Protagonismo de Juan Fragoso

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