Capítulo 3: EL PLASMODIUM


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En el mes de setiembre de 1584 el cardenal Borromeo llegó a Turín en el Piamonte; posteriormente se dirigió hacia el Santo Monte de Varallo cerca al castillo de Arona de propiedad de su familia. En la región de la Lombardía, al norte de Italia, la Casa de los Borromeo era una de las más nobles, ricas y poderosas; al lado de los Visconti, Sforza y los Gonzaga de Mantua.




Santo Monte de Varallo, 1604, Gaetano Alessi 



Después de incubar la malaria, el arzobispo sufrió la primera fiebre el 24 de octubre en el lugar dónde se había retirado para seguir los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola a los que era afecto, bajo la dirección de su confesor el genovés Francisco Adorno sacerdote de la Compañía de Jesús. El Santo Monte fue construido en la segunda mitad del siglo XV sobre las faldas del cerro de las Tres Cruces, reproduciendo la estructura urbanística de Jerusalén para recrear con sorprendente realismo la pasión y muerte de Jesucristo. La idea fue de un fraile franciscano llamado Bernardino Caimi como una respuesta práctica a la imposibilidad de que los peregrinos fueran a la Ciudad Santa en razón de la caída de Constantinopla, imperio romano de Oriente, en 1453. Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña. 

En aquellos tiempos se pensaba que el mal venía en el aire, con las miasmas de los pantanos. Aún no se conocía que la enfermedad la inoculaba un mosquito del género Anopheles, hembra, que necesitaba del plasma humano para alimentar a los huevos que llevaba en las entrañas. Tampoco se sabía que este insecto cargaba en ocasiones en su aparato digestivo una extraña y mortal forma de vida, el Plasmodium falciparum. El mosquito infectado al picar a una persona y succionarle sangre le inyectaba la malaria con su saliva.

Este microorganismo unicelular, apareció en el planeta Tierra hace más de doscientos millones de años, mucho antes que el hombre. Es una forma de vida que podría exhibir más pergaminos que el hombre, no solo por su antiguedad sino también porque son altas las probabilidades de que sus genes sobrevivan a la especie humana cuando esta se extinga. Es creíble incluso que sobrevivan al hombre cuando este se extinga de la Tierra o que lo usen para conquistar otros planetas, así como se valieron del mosquito.

A través de su evolución los genes del Plasmodium desarrollaron una asombrosa inteligencia que les sirvió para valerse del insecto. Cuando este sorbía la sangre a una persona enferma de malaria el Plasmodium aprovechaba para introducir su tropa en el aparato digestivo del mosquito, donde se hospedaba y reproducía; para cumplir esta fase era vital contar con los grados de calor de las estaciones cálidas. Gracias a la asociación con el Anopheles podía volar a buscar otro ser humano de quien alimentarse. Una formidable maquinaria con fuerza aérea incluída. Estudios científicos recientes dan cuenta de como los genes del Plasmodium pueden manipular el comportamiento de la hembra mosquito para que esta esté más atraída hacia los seres humanos y a realizar una mayor frecuencia de picadas. La conocida revista National Geographic en un artículo de fondo sobre el tema, hace el símil de la función de los mosquitos con el fenómeno de los zoombies.

En principio al Plasmodium no le interesa matar al ser humano pues le es necesario para su reproducción y perpetuación de sus genes. Sin embargo tampoco le somos imprescindibles, durante sus milones de años de existencia han cambiado de presa y en el futuro de extinguirse la raza humana encontrarán un sustituto de quien alimentarse. Sin duda los mosquitos también estarán entre los sobrevivientes como lo destaca Alan Weisman en su interesante artículo El Mundo Sin Nosotros.

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Con el conocimiento científico del que disponemos ahora, podemos reconstruir lo sucedido con Carlos Borromeo: una vez en los vasos sanguíneos, la tropa de diminutos depredadores se dirigió rápidamente a capturar el hígado y el bazo (no empezó por el cerebro pues su muerte hubiese sido fulminante), tiñéndo estos órganos con una pigmentación oscura.

Al principio el ejército de glóbulos blancos no se percató de la presencia de seres extraños en el cuerpo pues estos se encontraban bien escondidos dentro de los glóbulos rojos que habían infiltrado. Asimismo se valen se un sofisticado mecanismo de engaño al sistema inmunológico. Recientemente científicos del Instituto de Investigación Médica Israel-Canadá y del Centro Kuvin de la Universidad Hebrea de Jerusalén han estudiado el mecanismo genético del Plasmodium que le permite pasar desapercibido y no ser detectado por las defensas del organismo, hasta que ya es muy tarde.  

Los síntomas, fiebre alta, sudoración y escalofríos, aparecieron cuando el Plasmodium de manera sincronizada empezó a multiplicarse como un cáncer dentro de las células hepáticas haciendo estallar los glóbulos rojos, dispersando sus crías letales por todos lados. Ante cada ataque el cuerpo de Borromeo se defendía elevando su temperatura. Cada vez que la tropa de glóbulos blancos perdía la batalla y no podían ya defender a los rojos bajaba la fiebre.

A los dos días, el veintiséis de octubre, Borromeo volvió a sufrir otro accidente de calentura y el tercero el veintiocho de ese mes. Pareció recuperarse pues con buen ánimo bajó a pie el Santo Monte. Cabalgó hasta el Castillo de Arona, frente al Lago Mayor, dónde llegó a los tres días.

Sintiéndose algo mejor, dispuso seguir navegando hasta la villa de Ascona, más al norte del Lago, para inaugurar otro Colegio de la Compañía de Jesús. Allí sufrió el cuarto paroxismo en la noche, hasta por tres horas. A la mañana siguiente celebró misa, se le veía débil y delgado, se arrodillaba con ayuda de los participantes. Tomó agro de cedro por prescripción de los médicos.

La embarcación a remo emprendió el regresó a Milán por el Lago Mayor. Se detuvo en el pequeño pueblo de Arona, donde nació en el castillo situado sobre un monte rocoso. Descansó en el noviciado de la Compañía de Jesús para tener más a la mano los auxilios espirituales.

Al día siguiente celebró su última misa. Los médicos recetaron que tomase cantidad de agua caliente de cebada y otros medicamentos para provocar sudor y sueño para cuando empezase la fiebre. Al mediodía tuvo un nuevo acceso, más grave que los anteriores. El líquido y el letargo lo alteraron en vez de darle alivio. Los médicos luchaban contra un enemigo desconocido sin éxito. El uso del agua de cebada para tratar estas fiebres aparece en el Kitab al-yami, Libro que reúne los jarabes y electuarios, texto árabe de Avenzoar (1073-1162).

El médico y farmaceútico del Islam proponía para casos graves de malaria como la que aquejaba al cardenal Borromeo un jarabe preparado con nardo silvestre, raíz de apio, simiente de zanahoria silvestre, ameos, apio silvestre, manzanilla, alcarceña, aciamo menor pulverizado, salvia vulgar y asarabaca mezclado todo con azucar, miel y vinagre bien ácido.

El viernes primero de noviembre ya no tenía fuerzasestaba anémico. Comió poco y entró a la barca para regresar a Milán por el Lago Mayor. La dieta aconsejaba pollo deshecho, pérdiz o tórtola y algo de pan. Viajó recostado en un lecho pues no podía mantenerse de otra manera. El Plasmodium falciparum se lo estaba devorando por dentro. En esa jornada, por la noche, entró a la ciudad por el canal del río Ticino, el Naviglio Grande, por entre las orillas colmadas de árboles.





Malaria, cuadro de Antoine A. Ernest Herbert
                    





En la ciudad lo esperaba la litera con la que lo trasladaron al palacio del arzobispado.

En medio de su gravedad, se mantuvo estable hasta el domingo tres de noviembre por la mañana. Por la tarde tuvo un nuevo acceso febril y seguro entró en coma. Por el pulso lo médicos determinaron que moría.


El duque de Terranova, Carlos de Aragón, gobernador del Milanesado por encargo de Felipe II fue a despedirse del agonizante arzobispo y cardenal. El duque, hombre de armas y siciliano de origen, tenía como misión principal asegurar la provisión de la plata venida del Nuevo Mundo para pagar los ejércitos imperiales que combatían en los Países Bajos.

La riqueza generada en el continente Americano se usaba para la guerra y no para la salud, bienestar y la paz; como vemos, esta ceguera es un mal antiguo del hombre. El peor castigo que recibió la humanidad de Yahvé en el Génesis no fue la expulsión de nuestros primeros padres del Paraiso sino la confusión y división a que la condenó en la mítica Torre de Babel en Babilonia. El Plasmodium sin embargo como lo demostraba su eficiencia, mantenía su unidad, hablaba una sola lengua.

¿Quién podría haber imaginado entonces que en el Perú existiera un árbol más valioso para la humanidad que el preciado metal que servía para matarse unos a otros? Un remedio que hubiera podido salvar la vida de tantos reyes, papas, príncipes y de cientos de millones de personas que sucumbieron como Carlos Borromeo a los pies de la malaria.

El arzobispo y cardenal murió ese domingo a los cuarenta y seis años de edad. Posiblemente sus últimos días los pasó confundido, sin poder sostener un diálogo, consumido por las fiebres casi continuas y en sueño profundo. Síntomas de que el mal había comprometido su cerebro y que el desenlace fatal era inevitable.

Borromeo no imaginó que los monstruos, los verdaderos, anidaban dentro de él y que eran más peligrosos que los calvinistas o las brujas de Melsocina a las que había quemado el año anterior. En general todos ignoraban dónde se escondían los ejércitos más peligrosos para los seres humanos así como las artes que se reuqieren para enfrentarlos. Con los años aprenderíamos que los generales que nos defendieron, los realmente importantes y que libraron las batallas significativas no fueron Alejandro Magno o Napoleón Bonaparte sino personas como Agustín Salumbrino, Louis Pasteur, Robert Koch o Alexander Fleming. 

El papa Gregorio XIII llegó a Milán a los funerales movido por la gran amistad que los unía. Entre la multitud que desfiló ante sus restos mortales debió estar el joven Salumbrino, recién liberado de su prisión en Roma.

Fueron muchas las reliquias de San Carlos Borromeo que se generaron con su deceso. Una de ellas el pequeño trozo de una de sus costillas que tiempo después el sacerdote jesuita Diego de Torres Bollo entregó dentro de un relicario al rey Felipe III de España, hijo de Felipe II y nieto de Carlos I. Torres Bollo estaba de regreso al Perú con cincuenta jesuitas, varios de ellos italianos; entre ellos el hermano Salumbrino.

Bibliografía del Capítulo 3

-AVENZOAR, Libro que reune los jarabes y electuarios, siglo XI, manuscrito y traducción publicado por Archivo de la Frontera.

-JUAN PEDRO GUISSANO, Vida de San Carlos Borromeo, Madrid, 1626

-ALONSO DE ANDRADE, JUAN EUSEBIO NIEREMBERG, Varones Ilustres en Santidad, Tom. V, Madrid, 1666

-FAUSTINO LOMBARDELLI, Il Libro De Gli Esercitii Spirituali di S.Ignatio Loiola, Facilitato, Venecia, 1688

-PEDRO LOZANO, Historia de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay, Madrid, 1754

-JOHN MURRAY, Hand Book for Travellers in Switzerland, and the Alps of Savoy and Piedmont, Londres, 1852

-FRANCIS COGHLAN, Hand Book for Travellers in Italy, Londres, 1857

-CECIE STARR, RALPH TAGGART, Biología La Unidad y la Diversidad de la Vida, Undécima Edición

-ROBERT SALLARES, Malaria and Rome, History of Malaria in Ancient Italy, Oxford, Nueva York, 2002

-FIAMMETTA ROCCO, The Miraculous Fever Tree: The Cure That Changed the World, Londres, 2004

-ZULUETA J., The Cause of death of Emperor Charles V, Madrid 2007

-VALENTÍN VÁSQUEZ DE PRADA, La Monarquía Hispánica de Felipe II (1556-1598), Barcelona, 2009

-SAGRARIO MUÑOZ CALVO, El Medicamento en la Medicina de Cámara de Felipe II: Protagonismo de Juan Fragoso, Universidad Complutense Madrid

-ALAN WEISMAN, El Mundo Sin Nosotros, Selecciones, Readers Digest.



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