Capítulo 1: SALUMBRINO DE FORLÍ

 


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El descubrimiento de la corteza del árbol de la quina para curar la malaria o paludismo, la enfermedad más mortal que hayamos enfrentado como especie, y lo que representó para el progreso de la humanidad son razones suficientes para interesarnos en la vida de uno de los personajes que lo hizo posible en el siglo XVII. Nos referimos al enfermero y farmacéutico jesuita Agustín Salumbrino, fundador a principios del siglo XVII de la famosa Botica del Colegio de la Compañía de Jesús, actualmente parroquia de San Pedro, en la ciudad de Lima.  


Empezaremos diciendo que hay poca literatura sobre la esforzada labor cotidiana que desarrollaron algunos de los religiosos de la Compañía de Jesús en el Perú en la curación de enfermos y salud pública. Veremos en la historia del hermano Salumbrino y de la Botica que fundara en Lima que esta labor diaria y humilde de uno de sus miembros dio con el tiempo frutos de trascendental importancia para la existencia del ser humano, legándonos importantes lecciones para el futuro.

Aun falta mucha investigación sobre el aporte de la Compañía de Jesús a la salud en el virreinato del Perú, por ejemplo su labor en los hospitales,  su acreditada Botica, su red farmacéutica, inclusión de plantas medicinales nativas y de su contribución a la historia de la medicina con la cura de la malaria. Aquí procuraremos aportar un granito de arena sobre la obra de Salumbrino y la Botica para llamar la atención sobre la excepcional importancia que tuvo esta orden religiosa en el campo de la sanidad. 


Hasta el siglo XVI no se conocía una medicina efectiva para la enfermedad llamada malaria o paludismo. La mortandad y daño que provocó fue tal que los historiadores le atribuyen la caída de las antiguas civilizaciones de Grecia y Roma, iconos de Occidente. El libro Malaria and Rome de Robert Salles, publicado por la Universidad de Oxford, es particularmente ilustrativo de los estragos de la enfermedad en estos pueblos.

El causante del desorden fue el Plasmodium, una forma de vida compleja, un microorganismo con una asombrosa inteligencia, fuerza y astucia que necesita de nuestra sangre para vivir. Sometió al mosquito del género Anopheles para cumplir su cometido (conquistó la biomáquina voladora millones de años antes que el hombre inventara el avión) Integrado por una infinidad de seres que actuaban como si tuvieran un solo cuerpo y camino; el ejército más antiguo y formidable que haya enfrentado el ser humano, entre otras razones porque convivía con él y era invisible. Una prueba más de que un virus o microbio podría desaparecer un día la vida más evolucionada de la creación que conocemos.  

Gracias a Dios, la Madre Naturaleza aplica miles por no decir millones de años en desarrollar y comunicar propiedades medicinales  para que nuestra especie pueda sobrevivir. Esta no es novedad, nuestro planeta azul es también el resultado de un elaborado y perfecto equilibrio en el cosmos. La comunicación con los seres humanos se da por distintos medios y queda registrada muchas veces en las leyendas y tradiciones de los pueblos antiguos o es recibida a modo de revelación y don a seres especiales como Agustín Salumbrino. Este es el caso del árbol de la quina. 

No tenemos todavía una explicación a este misterio que bien puede resumirse en pocas palabras con esta historia que cuenta el sacerdote jesuita de la India Anthony De Mello sobre un sabio que pregunta a su discípulo si alguna vez ha visto un árbol. Después de escuchar largas descripciones y explicaciones de su discípulo le contesta:


"¿Qué dices? ¿Qué has oído cantar a docenas de pájaros y has visto centenares de árboles? Ya.
Pero lo que has visto ¿era el árbol o su descripción? Cuando miras un árbol y ves un árbol, no has visto realmente el árbol.
Cuando miras un árbol y ves un milagro, entonces, por fin, has visto un árbol.

¿Alguna vez tu corazón se ha llenado de muda admiración cuando has oído el canto de un pájaro? " (P. Anthony De Mello SJ, ¿Has Oído el Canto de ese Pájaro?)    
                                                       
Uno de los principales protagonistas del notable éxito que contamos fue el hermano Agustín Salumbrino de  la Compañía de Jesús. Durante más de veinte años en Italia, antes de venir al Perú, se había familiarizado con la malaria y con los frustrados intentos por detenerla. Esto lo había convertido en un profundo conocedor del mal. Aquí contamos su historia, el del árbol de la quina y la del inicio de la Botica de la ciudad de Lima que Salumbrio fundara y de la cual salieron las primeras remesas de la corteza a Roma, Europa, Filipinas, China e India durante los siglos XVII y XVIII.

En el ejercicio de su ministerio de sanación no se nota la dicotomía cuerpo y alma tan propia de la cultura occidental que no se percibe tanto en la tradición andina o asiática. Como enfermero, por ejemplo, su espiritualidad tuvo que ver más con la piel, los órganos, la sangre y los huesos, las actividades mundanas como el comer, sanar, orinar o defecar. Como farmacéutico con las plantas, animales y vegetales. Sembró vegetales curativos y estudio sus propiedades.

Salumbrino tuvo una relación especial con la Virgen María que es de admirar. Cabe recordar que el pueblo andino asumió pronto la figura de la Madre de Dios identificándola con la Madre Tierra, la Pachamama, el reflejo femenino de la Divinidad. A ambas les atribuyen propiedades curativas. Se identifican con un Dios que no solo es Padre sino que tiene también los atributos de la ternura de la Madre, que sufre con sus hijos y los consuela. 

Al igual que otros misioneros de la época compartió con la población nativa una de sus creencias esenciales: todo lo positivo, incluso la sanación, se identifica con la semilla que crece, se hace planta y se disfruta en comunidad no solo como alimento sino también como cura. Las dicotomías naturaleza y medicina o individuo y comunidad son también mas propias del pensamiento occidental de los tiempos modernos que del mundo andino.  Quizás por este camino de unidad de supuestos contrarios o diferentes, por el cual transita y se nutre la medicina misionera, se encuentre la solución ya no solo a los graves males que aun afectan a las grandes mayorías pobres sino a la salvación de la vida en el planeta tierra.


Este relato muestra algo también del inmenso potencial del milenario conocimiento médico tradicional andino basado en la búsqueda de la cura para sanar, no en los impulsos del mercado y del dinero. Salumbrino compartió estos valores. Encontró el sentido de la vida y de su misión conectándose con los demás en el día a día, aliviando el sufrimiento, curando y purificando como lo hacía Jesús o lo hace una madre de familia, practicando la caridad más que escribiendo sobre ella o sobre teología escolástica. Se guió mas por el corazón que por la mente. Con la Botica que fundó dio también testimonio que es posible desarrollar un próspero negocio sin que ello vaya en menoscabo del amor al prójimo o siquiera contra el voto de pobreza, antes bien posibilita que quienes lo profesan puedan cumplir su misión.   

 La obra de Salumbrino fue sin duda extraordinaria, fue el resultado de la conjunción de las energías que enlazadas con la naturaleza procuran mantener la vida canalizadas en un momento a través de la labor no solo de nuestro personaje sino de varios jesuitas, como el padre Bernabé Cobo SJ, y laicos como el nativo Pedro Leiva de Malacatos, de Loja, y la célebre condesa de Chinchón a quién la leyenda erigió como símbolo del árbol de la quina. 

El logro se debe atribuir al cumplimiento de la misión colectiva de quienes se unen no para competir, dominar y aprovecharse de otros sino para cumplir una tarea en favor de los demás incluida la naturaleza toda. Esta misteriosa misión de cuyos resultados en el transcurso de los siguientes siglos sus protagonistas posiblemente ni siquiera se percataron, pues trascendió a su tiempo,  generó una poderosa fuerza que les permitió alcanzar los frutos y victoria que los inmortaliza. 

Vistas las cosas desde esta perspectiva, apreciamos como el ser humano sobrevive y evoluciona no sólo porque respira, se alimenta, se ejercita sino porque cumple una misión trascendente de la mano de la Madre Naturaleza, la Gran Botica, a través de la cual Dios se manifiesta.                                                              



                 


Agustín Salumbrino
Cuadro de Agustín Salumbrino de Seferino Quisca Astocahuana
               
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La hagiografía de Agustín Salumbrino fue publicada en Madrid en 1666 por el sacerdote jesuita Alonso de Andrade en el Tomo V de la monumental obra titulada Varones Ilustres en Santidad y Celo de las Almas iniciada por Iván Eusebio Nieremberg, religioso de la misma orden.

El libro original con la historia de Salumbrino fue escrito en el Perú y enviado al  padre Andrade en la segunda mitad del siglo XVII. Contenía doce capítulos y estaba dedicado al padre Antonio Vásquez, Provincial del Perú en el oficio hasta el año 1656. El trabajo, según declara Alonso de Andrade, fue compuesta por un padre de la Compañía de Jesús que conoció a Salumbrino durante muchos años en el Colegio de San Pablo de Lima. Lamenta que el autor no haya puesto su nombre.


El origen del libro debió ser una carta de edificación redactada por el padre Vásquez en 1642 cuando era Rector del Colegio de San Pablo. Como superior de la casa le correspondía comunicar a las demás la muerte de Salumbrino, destacando su obra y virtudes.  Años después dispuso se redactase el ejemplar a un sacerdote del Colegio que se lo dedicó.


Antonio Vásquez conoció a Salumbrino desde que llegó a Lima a fines de 1604. Vivía y enseñaba en el Colegio y lo acompañó hasta su muerte. Esto explica la  cantidad de información y detalles sobre la vida de Salumbrino que contiene el texto hagiográfico.  
San Ignacio curando a los enfermos
Cuadro en Templo de la  Compañía de Jesus en Cusco

Sin embargo, lo justo sería decir que el escrito fue fruto del trabajo colectivo de un grupo pequeño de jesuitas cercanos a Salumbrino, entre ellos el sacerdote  napolitano Gerónimo Pallas, secretario del P.Vásquez, que compartían el privilegio de haberlo conocido y que juzgaron necesario dejar su testimonio de vida y espiritualidad poco común para las futuras generaciones.   


El libro trata del trabajo y las curaciones de Salumbrino tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo, su apuesta por la vida, sus milagros, su don de profecía, sus visiones sobrenaturales en especial de la Virgen María, su amistad con San Luis Gonzaga, su vecindad con Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres, su santidad, humildad, mansedumbre, laboriosidad, creatividad, honradez  y amor al prójimo sin distinciones, como lo muestra la muchedumbre de la ciudad de Lima, en especial mujeres, que  lo acompañó en su velorio y entierro. 

Sin embargo hay que hacer un esfuerzo por encontrar al verdadero personaje pues la intención de quien o quienes la escribieron fue la de narrar la vida de un santo más que la de un ser humano normal. Al margen de su santidad fue sin duda una persona excepcional, dotado de una gran energía, creatividad y generosidad. Apuntó a metas terrenales muy altas, que requirieron de él una sólida formación y experiencia en enfermería y farmacia, mucho valor, decisión, paciencia e independencia de criterio en un mundo esencialmente clerical, con un Dios exterior, vacío, no en uno Creador que se encarna en sus criaturas, comparte su sufrimiento y las consuela. Sus oficios no eran mayormente valorados y hasta algunos de sus superiores vieron mal que le diera un cierto giro comercial a la farmacia.  

Se hace referencia también a la famosa Botica que Salumbrino fundara en el Colegio de San Pablo en Lima. En este espacio recuperó parte del milenario conocimiento sobre la naturaleza de las poblaciones indígenas del Perú; gracias a lo cual descubrió y reveló al mundo las propiedades de la corteza del árbol de quina para curar la malaria. Como se sabe, este suceso constituyó un hito fundamental en la historia de la evolución y supervivencia de la especie humana, hombres y mujeres, en el cosmos.    

                                                       

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La contribución de los jesuitas del Perú al sistema de la salud pública en la ciudad de Lima no empezó con la llegada de Salumbrino en 1604 y la botica de San Pablo que fundara. En efecto, el manuscrito conteniendo el expediente de la Visita de fiscalización al Hospital de Santa Ana en Lima que duró desde principios de la última década del siglo XVI y se extendió por casi diez años prueba que a poco de llegar los jesuitas a Lima a fines de 1576 estos cumplían tareas de fundamental importancia fiscalizando los hospitales de la capital. Santa Ana era el hospital para los indios, aunque en la práctica atendía también a los negros. La Visita a este establecimiento por designación del propio virrey García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete,  la cumplió el sacerdote jesuita Esteban de Ávila con el cargo de Juez Comisario hasta por lo menos febrero de 1599.

En el referido manuscrito se consigna también que en julio de 1599 bajo el gobierno del virrey Luis de Velasco; otro jesuita, el padre Francisco de Vitoria, oficiaba de Juez Comisario de Santa Ana, posiblemente en reemplazo del padre De Ávila quizás por su avanzada edad. Incluso se señala que el padre Vitoria era además Juez Comisario del  Hospital de San Andrés reservado para los españoles. Santa Ana y San Andrés eran en ese entonces los dos hospitales más importantes de la capital del Perú.

La fiscalización de los establecimientos de salud a cargo de los jesuitas los familiarizó con los graves problemas que enfrentaban. Entre ellos: el desabastecimiento de la botica, negligencia del boticario, mal manejo de las chacras donde se cultivaban las hierbas medicinales y alimentos así como de los gallineros, capellanes que no sabían hablar el idioma de los indios, corrupción en la administración y en las cuentas, irregularidades en la contratación de personal, maltrato a los esclavos negros que laboraban en el establecimiento e incluso algunos asesinatos de esclavos que la administración ocultó a la justicia. Todos estos asuntos fueron investigados y denunciados ante el virrey por los Jueces Comisarios de la Compañía de Jesús.

De otro lado, a fines del siglo XVI los jesuitas tenían en Lima en San Pablo su propia enfermería. En esta se habían invertido fuertes sumas de dinero como da cuenta Luis Martín en su obra La Conquista Intelectual del Perú.

Con estos antecedentes de fines del siglo XVI no es aventurado sostener que el  procurador Diego de Torres Bollo cuando viajó a Roma a principios del siglo XVII tuvo por encargo principal de los jesuitas de la Provincia del Perú  traer a un enfermero y boticario experimentado. Esto explica que entre el grupo de religiosos que reclutó en Europa se encontrara el hermano Agustín Salumbrino.  Luis Martín señala que el viaje de Diego de Torres Bollo resultó decisivo para el desarrollo de la enfermería y la farmacia de San Pablo, sin embargo nadie imaginó la trascendencia que tendría para el mundo con el descubrimiento de la quina y la cura de la malaria.


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Salumbrino nació en la villa fortificada de Forlí en 1564 ubicada en la región de la Romaña en Italia. Vio la luz el mismo año que Galileo Galilei, por coincidencia ambos murieron el año de 1642. Vivió en los años en que se terminó de derrumbar la creencia de que el mundo se encontraba al centro del Universo.

Es posible que los ancestros de Salumbrino hayan vivido en Forlí desde siglos antes. En su historia de los siglos XV y XVI se registra el nombre de la familia Solombrino o Solombrini, de famosos ceramistas, también la de un desafortunado Salumbrino o Salumbrini, perteneciente a la plebe, partidario de una facción política que conspiraba contra la gobernante Catalina Sforza, a quién esta última hizo ahorcar en una de las puertas de la Villa. Si nos dejamos llevar por las raíces del apellido, pensaríamos que Salumbrino provenía de una antigua familia de artesanos sombrereros. La antigua denominación de sombrero fue solombrero y su origen en la palabra latina umbra, sombra. Podría derivar también de Umbro, el pueblo antiguo que habitó la Romaña o de quienes hablaban el dialecto derivado del idioma de ese pueblo y en el cual San Francisco escribió su Cántico de las Criaturas.


La famosa Catalina Sforza gobernante de Forlí padeció frecuentemente de malaria. En 1484 presentó síntomas de cuartanas, fiebre cada cuatro días, causada por el Plasmodium malarie. Esta especie del microbio por lo general no causa la muerte. Es una malaria benigna, pero puede afectar seriamente la salud como ocurrió en este caso. Sus médicos la trataron con cocciones de menta, vinagre y extracto de opio diluido en vino. Ella era una gran aficionada a cultivar plantas medicinales. Llegó a recuperarse varias veces de los accesos de cuartanas; hasta que debilitada contrajo un mal a los pulmones, quizás tuberculosis, que acabó con su vida. 

Forlí fue un principado independiente hasta el año 1500 en que los ejércitos del Papado encabezados por Cesar Borgia, hijo del papa Alejandro VI, conquistaron la ciudad y derrocaron a la condesa guerrera Catalina Sforza. El papa se presentaba haciendo las veces de Dios en la Tierra, poder por encima de todos, y era pieza clave en la repartíción del mundo entre las superpotencias de entonces, además de reservarse algunas partes para él como fue el caso de Forlí.

En 1493 mediante la Bula Inter caetera Alejandro VI, el papa Borgia, concedió a los Reyes de España las tierras que quedaban al Oeste de un meridiano que iba del Ártico a la Antártida, entre estas las que corresponderían en el siglo siguiente al virreinato del Perú; en las cuales islas y tierra ya descubiertas se han encontrado oro, especies y otras muchísimas cosas preciosas de distinto género y diversa calidad, según refiere la Bula con gran entusiasmo. 

En la Bula Inter caetera se ponían de manifiesto otras pretensiones, en adición a la prevaleciente en el sentido de que la Tierra era el centro del universo y que el papa representaba la voluntad del Todopoderoso (si alguno lo desobedecía ocasionaba la indignación de Dios omnipotente y de sus apóstoles San Pedro y San Pablo) Así, debían someterse a la fe católica, llamada ciencia cierta,  y al imperio cristiano todas las naciones, en especial la de los bárbaros, los indígenas de que trataba la Bula.



Los grandes personajes de la cruenta guerra por Forlí, el papa Alejandro VI, su hijo Cesar y Catalina Sforza, finalmente murieron todos víctimas de la malaria y no en acción de armas (en el caso del Pontífice, se piensa que alguien ayudó al Plasmodium dándole veneno) Todos frecuentaban terrenos pantanosos, en donde se suele contraer la dolencia. En aquella época, el Plasmodium no respetaba clases sociales ni jerarquías, ni siquiera al papa, autoproclamado con cierta inmodestia el vicario de Dios. Si esta era la exposición de los poderosos y ricos frente a la malaria podremos imaginar la de los pobres, la de los trabajadores de campo expuestos a la picadura de los mosquitos, al contagio e insuficientemente alimentados. La guerra, el hambre y la malaria cabalgaban juntos.



Agustín Salumbrino creció en el seno de una familia sencilla. Fue uno de los afortunados sobrevivientes; no así su madre que murió cuando era niño. Su biografía no contiene memorias sobre ella, siendo posible que haya fallecido antes de que tuviera edad para recordarla. No tenemos duda que no obstante quedar huérfano recibió el cariño de una mujer, la abuela, la tía, quien sabe; pues Salumbrino aprendió de esa mujer el trato gentil que lo caracterizó, el amor por lo cotidiano, el ejemplo del sacrificio de cada día, la no violencia. Virtudes todas esencialmente femeninas.      

En el siglo XVI había que tener suerte para mantenerse vivo. La mortalidad era tal en Forlí que no se experimentó crecimiento poblacional durante ese siglo. La malaria era una de las principales responsables.

En sus primeros años debió ver desfilar a los laicos de la Confraternidad encargada de confortar a los condenados a muerte llamados los Flagelantes Negros, Battuti Neri, con sus hábitos y capuchas de ese color acompañando a algún infeliz al cadalso. Estos recuerdos de su ciudad natal volverían a su memoria cuando unos años después esperaba su ejecución en una cárcel de Roma.

Su inclinación al bien y a dedicarse al servicio de los demás durante su vida prueba que fue un niño querido. La ausencia de la madre pudo haber sido compensado en algo por la familia o vecinos bondadosos.



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En algún momento de su infancia, la familia de Salumbrino se trasladó a residir a la ciudad de Milán bajo gobierno español. El afán por dar a sus hijos una buena educación debió pesar en la decisión del padre de Salumbrino. Forlí había tenido un Colegio jesuita pero su existencia fue breve y cerró por la dificultad que tenía la Compañía de Jesús de proveer profesores estables.



Forlí formaba parte de los territorios en Italia que la Sede Apostólica había conquistado y logrado conservar frente a España, en cambio Milán sí era territorio español. Un Papa de ese tiempo solía decir que Italia era un instrumento de cuatro cuerdas, Nápoles, Milán, la Iglesia y Venecia. De las cuatro el Rey de España tocaba las dos primeras.



Salumbrino nació un año después de que concluyera el Concilio de Trento en el que se perdió la oportunidad de mantener la unidad del cristianismo, consolidándose la brecha con los seguidores de Lutero. La dificultad del ser humano de convivir en armonía ha sido su gran desventaja para subsistir como especie.

Sin embargo, entre los principales acuerdos del Concilio estuvo el atender la instrucción de los clérigos en seminarios así como la enseñanza del catecismo a los niños y jóvenes. Esto alentó el interés de la Iglesia por el tema educativo en general. En Italia uno de sus principales promotores fue el arzobispo de Milán y cardenal Carlos Boromeo; para lo cual recurrió a la Compañía de Jesús, que para entonces revolucionaba la historia de la educación haciéndola ordenada, masiva y gratuita. Entonces, como ahora, la pobreza de conocimiento era tan perniciosa como la material. 


El joven Salumbrino se beneficio de esta corriente educativa impulsada por el concilio y de la enseñanza de los jesuitas en Milán.

Por razones que desconocemos, existió una estrecha relación entre los jesuitas y la familia de Salumbrino, tan es así que su padre terminó ingresando en la Compañía de Jesús al igual que uno de sus hermanos mayores. Quizás en razón de que el padre prestaba alguna clase de servicios a los jesuitas y no necesariamente porque se hiciera sacerdote o hermano.

El padre aspiraba a que su hijo Agustín fuera sacerdote, para lo cual lo hizo seguir estudios. En aquella época se entendía por tal aprender gramática en latín, humanidades y retórica, con algo de matemáticas. Además de la formación espiritual y en valores morales.



Salumbrino entró al Colegio jesuita, cuando la sede estaba en Brera y no ya en la parroquia de San Fidel. El Colegio se volvió a fundar en 1572 y quedaba en las afueras de lo que entonces era la urbe. El Colegio era grande, tenía entonces quinientos estudiantes.

Los estudios con los jesuitas eran exigentes, cinco o seis horas al día, seis días por semana con vacaciones de una o dos semanas en el verano. Se inculcaba la competencia con concursos de composición. Se fomentaba el teatro y la música participando de eventos públicos.


Salumbrino no destacó mayormente en los estudios, como eran entonces concebidos, y para desilusión de su padre no mostró ningún interés en ser sacerdote. Cuando su biógrafo narra sobre la guerra que libraba Salumbrino con los espíritus malignos en el Colegio de San Pablo, señala que estos estaban indignados y rabiosos de verse vencidos por un lego sin letras. Lo que nos da a entender que él nunca fue un escritor o intelectual como sí lo fueron muchos otros ilustres jesuitas, entre otros el propio Gerónimo Pallas. Nadie podría haber imaginado que un hermano y no un clérigo de la orden fuera a generar uno de sus mas grandes logros que a los pocos años, a fines del siglo XVII, les abriría las puertas del Imperio de la China.

Los padres hacían ingresar a sus hijos al Colegio de Milán para que fueran sacerdotes, abogados, notarios, médicos o secretarios de algún noble o municipio.



A los 17 años, a la muerte de su padre se sintió libre, abandonó los estudios y entró al servicio del conde Alejandro Aurelio Mansel, un noble romano muy rico y poderoso.

Colegio de San Pablo Compañía de Jesús Lima- Iglesia de San Pedro Lima




Dibujo a mano de 1699, en el Archivo General de la Nación del Perú, en que se muestra el Colegio de San Pablo de la Compañía de Jesús en Lima, elaborado con motivo de la reparación de las cañerías de agua. Los jesuitas llegaron a esta ciudad, capital del Virreinato del Perú en 1568.






Bibliografía del Capítulo 1

-ALEJANDRO VI, Segunda Bula Inter caetera, 1494, documentos mgar.net

-EXPEDIENTE DE LA VISITA AL HOSPITAL DE SANTA ANA, 1591-1602; colección privada




-MATEO VECCHIAZZIANI, Historia di Forlimpopoli, Roma, 1647


-ALONSO DE ANDRADE, JUAN EUSEBIO NIEREMBERG, Varones Ilustres en Santidad, Tom. V, Madrid, 1666


-ENRIQUE TORRES SALDAMANDO, Los Antiguos Jesuitas del Perú, Lima 1882




-PIER DESIDERIO PASOLINI y PAUL SYLVESTER, Catherine Sforza, Nueva York, 1898

-PIER DESIDERIO PASOLINI, Catherine Sforza, Florencia, 1913






-BERNABÉ COBO, Historia del Nuevo Mundo, Tom II, Madrid, 1956



-PAUL F.GRENDLER, Schooling in Renaissance Italy, Baltimore, 1989



-FABIO LOMBARDI, Storia di Forli, Cesena, 2001




-LEOPOLD VON RANKE, Historia de los Papas en la Época Moderna, México D.F.2001

-ROBERT SALLARES, Malaria and Rome, History of Malaria in Ancient Italy, Oxford, Nueva York, 2002

-ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD, La Salud y los Objetivos de Desarrollo del Milenio, 2005

-PAULINA NUMHAUSER, Misión de las Indias con Advertencias para los Religiosos de Europa (crónica del padre Gerónimo Pallas), documento 2006

-JOSÉ J HERNÁNDEZ PALOMO, Misión a las Indias, por el P Gerónymo Pallas, Estudio y Transcripción, Sevilla 2006

-ELIZABETH LEV, The Tigress of Forlì, Nueva York, 2011

-COMPAÑÍA DE JESÚS, Labor Social de la Compañía de Jesús en Cusco y La Ruta del Barroco Andino (fotografía del cuadro de San Ignacio curando a los enfermos)


-VARRO E. TYLER, Natural Products and Medicine: An Overview en Medicinal Resources of the Tropical Forest, Biodiversity and its Importance to Human Health, Nueva York, 1996











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