Capítulo 7: LA MALARIA EN LIMA

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En el mes de noviembre de 1604 cuándo llegó Salumbrino a la ciudad el cielo de Lima lucía despejado por las noches. Podían verse las Tres Marías, las estrellas brillantes del cinturón de Orión, puesto de cabeza. La ciudad se encontraba alborotada por los preparativos para  el recibimiento del Conde de Monterrey. Las autoridades del Cabildo limeño discutían los arcos que se iban a poner por las calles por las que ingresaría el nuevo Virrey designado por Felipe III, los detalles del ceremonial, su financiamiento y las coordinaciones para la asistencia puntual de las instituciones y de la población. Finalmente, el día ocho de diciembre el virrey hizo su ingreso a la ciudad por la calle en la que vivía la familia de Isabel Flores de Oliva, conocida luego como Santa Rosa de Lima. En ese entonces tenía dieciocho años de edad.

Santa Rosa vivía en una típica casa de la villa virreinal, construida al lado de una amplia huerta de árboles y plantas diversas regadas por acequia.

Gracias a los diversos testimonios que se recogieron a su muerte con el propósito de su beatificación, se sabe que en la huerta familiar abundaban los mosquitos en las temporadas de calor. Estos mismos testigos informaban de un singular pacto que existía entre ella y estos insectos para que no la picasen. Quizás era una de esas afortunadas personas cuyo olor no los atrae.

Lienzo La Amistad de Santa Rosa con los mosquitos 

La profusión de mosquitos era característica en la ciudad en el verano y principios de otoño. Y como sabemos, bastaba que hubiera un infectado para que el mal se extendiese con la picadura del Anopheles hembra.


Francisco Pizarro dividió Lima en manzanas, como un damero, y cada manzana en cuatro solares signados a igual número de familias. Esto permitía a cada vecino contar con una amplia huerta, regada por el eficiente sistema de canales heredado de los antiguos peruanos. Era el espacio familiar ideal para introducir plantas de España que crecían muy bien en esta prodigiosa tierra. Frutales como la vid, el olivo, dátiles, higueras, granadas, membrillos, manzanas y naranjas. Igualmente variedades de plátanos del África y tamarindos del Asia.  Diversas plantas medicinales, entre ellas el hinojo, el aloe, el eneldo, la ruda, las adormideras, así como el jengibre y la cañafístola de la India. Entre las flores destacaban las rosas, los claveles rojos y clavellinas, las azucenas, los lirios, las malvas y las manzanillas. Un Jardín del Edén para cada conquistador pero también para los mosquitos y el Plasmodium. 


Las huertas dentro de la ciudad no eran las únicas causas de la alteración del ecosistema y de la propagación de los mosquitos. La tala de árboles para leña destruyó el refugio de los insectos y no hizo sino contribuir a impulsarlos hacia la urbe. La concentración de la población en la ciudad jugaba también a favor del Plasmodium. El Anopheles no vuela lejos del lugar donde ha nacido y crecido, el contagio era fácil. 


Por otro lado, la ciudad estaba rodeada de  haciendas, en las que los españoles introdujeron cultivos traídos de España y otras partes que requerían riego intensivo como trigo, olivos, caña de azúcar, platanares y alfalfales además del cultivo del maíz nativo. Se sembraba en verano, el agua se estancaba y sus excedentes afloraban en terrenos más bajos en forma de pequeñas lagunas de aguas inmovilizadas constituyendo un  foco de malaria para los trabajadores del campo, principalmente esclavos africanos que vivían entre los cultivos. El padre Cobo escribe como con las hojas verdes del árbol de molle los negros que trabajaban en las viñas se defendían de los mosquitos. Para esto se ponían en la cabeza una guirnalda de ellas para que huyan de su olor (ver Anexo I Vademecum)
                                   
Era un tiempo en que tampoco se sabía que la enfermedad fuera contagiosa, por tanto no se aislaba al enfermo.

Hacienda San Juan Grande de los jesuitas en Surco, Lima (foto Skyscrapercity)

     
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A partir de la fundación de Lima por el gobernador Francisco Pizarro en el año de 1535, los cautivos africanos fueron llegando al Perú de a pocos traídos por comerciantes para su venta o como sirvientes de españoles. 

Décadas después, a mediados de los años 80 del siglo XVI se produce el ingreso masivo de esclavos y con ellos se consolidó la presencia del Plasmodium falciparum. A principios del siglo XVII, cuando Salumbrino llega a Lima el cuarenta por ciento de la población era ya de origen exclusivamente africano, venidos por la ruta de Panamá y Cartagena. Había más africanos o afroperuanos que españoles. Estos últimos sumaban menos del treinta y ocho por ciento de los más de veinticinco mil habitantes que había. El porcentaje reflejado en el padrón hubiese sido mayor si se hubiese contado a los esclavos que vivían en las haciendas que rodeaban la ciudad de Lima.

En el siglo XIX fueron los chinos los que sufrieron los rigores de la malaria en Lima, además de la increíble crueldad de trato que recibieron en la explotación de las islas guaneras frente al litoral peruano. El naturalista Robert Cushman Murphy en su libro Bird Islands of Peru, sobre su visita en 1919 informa que la isla guanera más insalubre de todas, así como la franja costera al frente, era la de Asia al sur de Lima por la malaria. 

Quizás las escenas patéticas que presenció Salumbrino en Roma al coincidir los periodos de hambruna con los de malaria no ocurrieron en Lima pues aquí abundaban los alimentos frescos. Esto reforzaba el sistema inmunológico del pueblo así como la posibilidad de recuperación del enfermo; especialmente en casos benignos de la enfermedad.


En la ciudad no se conocían las carencias que periódicamente aquejaban a Roma, que predisponía a su población a las enfermedades y a sus estragos. Parafraseando a Hipócrates, la mejor medicina de los limeños era su alimentación. 


La ciudad de Lima que Salumbrino conoció estaba rodeada de tierra rica y bien dotada de agua para los cultivos. Se encontraba conectada por tierra y por mar con otros lugares de abastecimiento de productos como quinua, arroz, fréjoles, pallares, arroz, lentejas, almendras y cacao. El aceite  y vino se producía en tantas cantidades que se exportaban regularmente.  Asimismo, se contaba con abundante carne de vaca, cerdo, oveja, llama, cabras, conejos, cuyes, gallinas, patos, palomas y pavos. A mayor bendición, había una gran disponibilidad de productos marinos frescos por la proximidad al Océano Pacífico así como de camarones de río.


En el mercado de la plaza principal de Lima llamaba la atención la provisión regular de frutas durante todo el año y no sólo por temporada, como ocurría en las ciudades europeas. Una parte importante de esta fruta provenía de las huertas palúdicas de la ciudad. Los mercados en general eran, después de las iglesias, los sitios más concurridos y queridos. La lengua española, la religión y el comercio fueron los factores principales que facilitaron acercar y  progresivamente amalgamar todas las razas en la ciudad de Lima.  


La gran población africana de la capital también se beneficiaba de la disponibilidad de alimentos. El esclavo para su amo era un bien preciado. Había que cuidarlo para que no enfermase ni muriese en un medio en que escaseaba la mano de obra.


La vitalidad de la ciudad de Lima y de su población vista en el último mes del año de 1604, debió encantar a Salumbrino. A diferencia de Roma, los días de diciembre eran de sol y agradable calor. Las noches, limpias ya de la garúa invernal, dejaban ver las estrellas. Hasta las misas eran alegres, el pueblo cantaba y bailaba a la entrada y salida. Los africanos se reunían en la calle a tocar sus tambores y entonar los aires de su continente de origen.  En el mes de la Pascua la plaza mayor era un gran mercado en el que abundaban las flores, dulces, conservas, juguetes, pastas, licores y cuando de apetitoso y manducabas plugo a Dios crear, como narra el tradicionalista Ricardo Palma.    

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Antes de abrirse al público la Botica de Salumbrino había una docena de estos establecimientos en la ciudad, cuatro pertenecientes a los varios hospitales que había. Los locales se agenciaban de fármacos de España mediante pequeñas compras a intermediarios que los traían para revender a precios elevados Como es de imaginar, estos productos podían estar adulterados o malogrados por el tiempo y vicisitudes de la aventura marítima y cruce por tierra del istmo de Panamá. Los remedios producidos localmente por farmaceúticos poco entrenados no ofrecían garantía.  

La mayor parte de la población no tenía capacidad económica como para acceder con facilidad a las medicinas que se vendían en las boticas, sin embargo estas cumplían un imporante rol en el sistema de salud entonces imperante basado en la automedicación, prescindiendo de los médicos como veremos.

La población no tenía acceso regular a médicos. En 1630 se contaron nueve médicos para una población que se había incrementado rápidamente   más de cuarenta mil. Además habían diez cirujanos y cincuenta y tres barberos que practicaban sangrías.

Aunque suene extraño había casi igual número de  hospitales en la capital que médicos. Estas instituciones, que por cierto carecían de profesionales de la salud, eran más centros de caridad a cargo de cofradías para atender a los pobres que un medio idóneo para curarse. En 1538 se fundó el de San Andrés para los españoles, en 1549 el de Santa Ana para los indios, en 1559 el de San Cosme y San Damián para mujeres, sin distinción de razas, en 1563 el de San Lázaro para los enfermos de lepra, en 1573 el del Espíritu Santo para marineros, en 1594 el de San Diego para pobres en general, ese mismo año se crea también el de San Pedro para clérigos pobres y en 1596 el de Nuestra Señora de Atocha de los niños huérfanos. Los negros se atendían adonde podían colocarlos sus amos o eran abandonados y quedaban a merced de la caridad pública o de los gallinazos. Precisamente conmovido por una escena que presenció en la barranca del río Rimac de un negro moribundo rodeado de estas aves el agustino fray Bartolomé de Vadillo fundó entre 1646 y 1648 el Hospital de San Bartolomé para negros. Narra el historiador José Antonio del Busto que lo secundaron en esta fundación los jesuitas Francisco del Castillo y Juan Perlín. 

En el siglo XVII la población indígena que bajaba de la sierra para trabajar en los campos era muy propensa a contraer la malaria y a morir de ella; su sistema inmunológico no estaba preparado para el Plasmodium. En los legajos de hechicerías del Archivo Arzobispal de Lima se encuentran referencias sobre los medios mágicos a que recurrían los indios para protejerse de esta enfermedad llamada también Mal del Valle o de los Llanos. Le rezaban al mar, se sacaban cejas y pestañas y las soplaban como sacrificio. Usaban como ofrendas piedras, coca y maíz tostado para regresar sanos a sus tierras.  


Las órdenes religiosas y conventos  tenían sus propias enfermerías y pequeñas boticas para su uso.

Frente a este precario sistema de salud, visto desde nuestra perspectiva del siglo XXI, la población se guiaba más por la costumbre. La salud, antes que un tema de hospital o de médicos era un asunto familiar, de la vida cotidiana y de botica. Había que cuidar que se comía y bebía, si los alimentos eran fríos o calientes, según se clasificaban siguiendo la doctrina de los humores o la imaginación de los limeños. Había que respetar el espacio de tiempo entre comer y tomar líquidos. Se recurría al consejo del boticario, las curanderas y yerberas de los mercados, de los vecinos y de las sirvientas, en especial las mulatas y a recetas o recetarios escritos a mano que circulaban por la ciudad de Lima. Las medicinas se preparaban por lo general en casa, los ingredientes baratos se conseguían en los mercados, mayormente plantas medicinales. Se compraban insumos en las boticas para hacer las mezclas en el hogar  antes que comprar el remedio caro ya preparado.

Las madres de familia y las mujeres en general eran las grandes protagonistas del sistema de salud. Este rol central femenino se mantiene en pleno siglo XXI sobre todo entre las grandes mayorías pobres en que las mujeres en base a sus conocimientos domésticos de farmacopea moderna o tradicional recurren a la automedicación para curar a su familia.
                                                   
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No había un diagnóstico preciso de la enfermedad por los médicos, como la entendemos hoy en día. En el caso de la malaria, podía diagnosticarse como catarro, tifus, disentería, neumonía o asma. Incluso los médicos consideraban que las fiebres de la  terciana maligna y aquellas propias de enfermedades que causaban erupciones cutáneas, como el sarampión, erisipela y la escarlatina, eran idénticas por lo que el tratamiento era igual. Hubo que esperar hasta principios del siglo XX para identificar y tomar conciencia del grave problema de la malaria o paludismo en la ciudad de Lima.


Los esclavos llegaban al puerto muchas veces enfermos, pero las más de la veces sin que se supiera el mal, salvo cuando se trataba de viruelas por sus manifestaciones externas.  Gracias a los estudios genéticos recientes podemos estimar que una parte importante de estas afecciones que sufrían eran por causa de la malaria.
 

Según los médicos de la ciudad en la época de Salumbrino, las causas de la malaria no eran distintas a las consideradas por los profesionales en Roma: tufos pestilentes de los pantanos, el clima de verano y otoño así como la inadecuada alimentación del paciente que había causado un desbalance de los humores en el cuerpo.

El tratamiento para la cura en caso de fiebres, incluidas las tercianas y cuartanas, que prescribía el médico de la época consistía en aplicar sangrías para bajar la tensión o desinflamar, baños tibios, fricciones o ventosas para favorecer la transpiración y purgantes así como productos para favorecer los vómitos con el propósito de evacuar los humores perjudiciales. 

El pueblo de Lima recurría a otras recetas populares que se divulgaban oralmente o a través de manuscritos como fueron los Cuadernos Recetario.

Algunas de estas recetas en estos Cuadernos, por cierto muy antiguas y de antes que  se supiera de la quina o cascarilla en la ciudad, prescribían para las tercianas beber zumo de apio antes de la calentura u hojas de trébol con tres semillas con agua tibia o fría. En el caso de cuartanas se recomendaba no comer un día. Al siguiente día había que comer una perdiz asada, beber buen vino y arropado echarse a dormir.
Según la costumbre que prevalecía en las familias limeñas, había una hora para ingerir alimentos y otra, tres más tarde, para beber agua. Las reglas eran estrictas sobre las horas exactas, guiados por el sonar de las campanas de la iglesia más cercana. Estas reglas se mantenían aun cuando el enfermo se estuviera muriendo de sed.

Los colores eran también importantes para los limeños. Para la fiebre era bueno tomar leche de una vaca negra antes que de cualquier otro color porque era más refrescante. Mucho se puede decir también sobre la relación entre la fe y el tratamiento médico prescrito por la costumbre. Los santos favoritos para casos de peste eran San Cosme y San Damián.   

Al margen de las cuestiones anecdóticas, lo rescatable de aquella época era que tanto el enfermo como su familia, sirvientes, amigos, la comunidad y el boticario se involucraban en el tema de salud y en el tratamiento para el restablecimiento del paciente o por lo menos para darle calidad de vida.  Recurrir al médico por el costo no era frecuente, salvo para las capas más altas de la sociedad.  La alimentación con productos frescos era accesible. No existía la alienación prevaleciente hoy de trasladar todas las decisiones al médico, a la disponibilidad de una cita médica y a la eficacia de una pastilla. En esos tiempos, términos como caridad, amor al prójimo o solidaridad tenían más importancia en la medicina que ahora y contribuían a sanar al enfermo.  El tratamiento del paciente era integral, importaba no sólo su cuerpo también su espíritu y mente; esto se apreciaba en la asistencia religiosa, en las visitas y en el acompañamiento.


Bibliografía del Capítulo 7:

AUTORES ANÓNIMOS, Recetario para Todas Enfermedades del Cuerpo Humano (siglos XVI y XVII) , publicados por Hermilio Valdizán y Ángel Maldonado en La Medicina Popular Peruana, Lima, 1922

FRAY BUENAVENTURA DE SALINAS Y CÓRDOVA, Memorial de las Historias del Nuevo Mundo, Piru, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1957

BERNABÉ COBO, La Fundación de Lima, Madrid, 1956

HIPÓLITO UNANUE, Observaciones sobre el Clima de Lima y sus Influencias, Madrid, 1815

ARCHIBALD SMITH, Peru as it is: a residence in Lima, and other parts of the Peruvian republic, Londres, 1839

RICARDO PALMA, El Mes de Diciembre en la Antigua Lima, Barcelona 


LUIS J. BASTO GIRÓN, Salud y Enfermedad en el Campesino Peruano del Siglo XVII, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1957

CARLOS A. PAGE La Vida de Santa Rosa de Lima en los lienzos del convento de Santa Catalina de Siena en Córdova, Argentina

JOSÉ ANTONIO DEL BUSTO DUTHURBURU, Breve Historia de los Negros del Perú, Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2014 





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