Capítulo 8: LA MEDICINA NATIVA Y MISIONERA

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La mejor estación del año en Lima es la primavera, aparecen los tordos y los picaflores. Sin embargo también es cuando la tierra tiembla. Pasado el mediodía del 24 de noviembre de 1604, a poco días de llegar Salumbrino a la ciudad ocurrió un terremoto que causó grandes destrozos en toda la costa del Perú. La creencia general en la población desde que tenemos noticia es que el cambio de clima causa los temblores. Los científicos lo niegan de manera enfática, sin embargo todo es tan relativo.

La ciencia descubrió recién a fines del siglo XIX que el mosquito estaba asociado a la transmisión de la malaria. Fue un gran descubrimiento; en los siglos previos ningún científico hubiese considerado la afirmación como seria. Sin embargo hacía más de dos mil años el pueblo judío asociaba a los mosquitos ya con la muerte. En el Éxodo leemos sobre la tercera plaga: Dijo Yahvé a Moisés -Di a Aarón: Extiende tu cayado y golpea el polvo de la tierra que se convertirá en mosquitos sobre todo el país de Egipto (Éxodo 8:12). 

Una asombrosa aproximación al mosquito como causante del mal aparece en el Testamento de Salomón de principios del primer milenio o quizás antes. El demonio Tephras causante de las fiebres que traen grandes desgracias comparece ante el rey de Israel; declara Tephras que es en verano cuando está más ocupado y que de noche se esconde en las esquinas de las paredes.  

Hace dos milenios también Marcus Terentius Varro anticipó el descubrimiento del mosquito y del Plasmodium al sostener que en los pantanos hay unos pequeños animales invisibles a la vista que causan graves enfermedades

El jesuita Bernabé Cobo que narra el fenómeno telúrico de 1604 se encontraba entre los religiosos que recibieron a Torres Bollo, a Salumbrino y a los demás llegados al Colegio de San Pablo. Allí estaba también Antonio Vásquez, quien fuera el artífice de la biografía de Salumbrino cuarenta años después.


En el momento del sismo se encontraban reunidos en la iglesia; fue entonces que las paredes empezaron a menearse y a crujir el enmaderamiento del techo.

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Bernabé Cobo, nacido en Andalucía, tenía veinticuatro años de edad recién cumplidos. Vivía y estudiaba en el Colegio de San Pablo. Cobo había sido un joven aventurero que llegó a América en busca del Dorado; luego de fracasar en ese intento en 1599 se embarcó en Panamá con destino al Perú. Según Torres Saldamando, en el viaje conoció al padre Esteban Paez quien venía como visitador de la Compañía de Jesús. Éste le prestó su protección y le consiguió una beca para estudiar en el Colegio Real de San Martín en Lima que dirigían los jesuitas.

 Con los pliegos que trajo de Roma el padre Torres Bollo se dispuso que el nuevo rector del Colegio fuera el padre Rodrigo de Cabredo, en tanto que el padre Esteban Paez, que se había desempeñado hasta entonces en ese cargo, ascendió al cargo de provincial de los jesuitas.

Cabredo como Paez eran españoles. Ambos habían estudiado un tiempo en el Colegio Romano de los jesuitas. Paez, once años mayor que el primero, había enseñado teología cuatro años en el Colegio de Nápoles y se había desempeñado como provincial en México antes de llegar al Perú. Los dos tenían experiencia como misioneros, defensores de indios así como en el ejercicio del gobierno de la orden.

En 1599 habían recorrido juntos parte de la Provincia, con sus respectivos secretarios; el de Cabredo había sido el padre Alonso Messia Venegas, que en 1630 llevaría a Roma el primer cargamento importante de corteza de quina. El secretario de Paez fue Diego de Torres Bollo, el mismo que a fines de 1604 trajo a Salumbrino a Lima.

Desde su llegada a la ciudad y hasta su muerte treintaisiete años después, Salumbrino se hizo cargo de las enfermerías del Colegio.

La enfermería principal se construyó en la última década del siglo XVI, poco antes de la llegada de Salumbrino. Constaba de varias edificaciones que daban a un amplio patio. Teniendo como base el plano más antiguo que se conoce del Colegio de San Pablo, de antes de 1624, y tomando en consideración las modificaciones introducidas por la construcción de la nueva iglesia en la tercera década del siglo XVII, dicha área debió ser la misma en la que actualmente se encuentra el denominado Patio Colonial de la antigua Biblioteca Nacional del Perú al que se puede ingresar por un zaguán con puerta al Jirón Ucayali. En la acera de enfrente se adecuó una casa para enfermería de los negros esclavos al servicio del Colegio.


Patio de la Enfermería de San Pablo
                                              
Como enfermero Salumbrino vino a procurar alivio y curar a los enfermos, coordinar con el médico, darles remedios a los pacientes, preparar su dieta y darles de comer, entretenerlos con su conversación, consolarlos, examinar orina y excrementos en los vasos humildes, tomar el pulso y ayudarlos a levantarse o a morir con el menor sufrimiento posible. Como enfermero se encontraba naturalmente predispuesto a valorar la santidad del organismo humano y por tanto inmune al entonces prevaleciente maniqueismo según el cual el cuerpo era pecaminoso, a diferencia del alma. Para Salumbrino cuerpo, mente y alma se encontraban indisolublemente unidos; es en esta unidad que desarrollo su práctica médica y misionera.    
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En sus primeras décadas de estadía en San Pablo, Salumbrino frecuentó y tuvo bajo su cuidado la salud de grandes figuras de la orden, que lo son también de la historia de América. Religiosos de la Compañía de Jesús, españoles e italianos, que estudiaron, amaron y protegieron a las poblaciones nativas y a los esclavos. Antonio Ruiz de Montoya, defensor de los guaraníes en la provincia de Paraguay, Luis de Valdivia que escribió sobre la lengua araucana y abogó ante el rey de España para detener la guerra ofensiva contra esa antigua nación, Diego de Avendaño que denunció el comercio de esclavos como injusto, inmoral y que violaba los más sagrados derechos de la naturaleza, Alonso de Sandoval que atendía a los esclavos a su llegada a Cartagena y que los defendió a través de sus obras, Diego Gonzales Holguín, estudioso de la gramática quechua por solo mencionar algunos, en adición a los varios a los que se alude en otras partes de este libro.
En 1617 le tocó asistir en sus últimos días a personalidades jesuitas como el padre Esteban Paez, provincial que lo recibió, en 1622 al provincial Juan Sebastián de la Parra que lo introdujo a los hospitales de Lima, en 1626 a Ludovico Bertonio y a Diego Martínez, insignes conocedores de las lenguas nativas, en 1634 a Juan de Frías de Herrán, de largo servicio en Quito y rector de San Pablo que puso la primera piedra de la hoy conocida como iglesia de San Pedro, en 1639 al rector de San Pablo y luego provincial Diego de Torres Vásquez, confesor del Virrey Conde de Chinchón, y poco antes de él mismo morir en 1642 al historiador Juan Anello Oliva, quien dio significativas luces sobre el origen costeño de las civilizaciones en el Perú.

Salumbrino tenía también a su cargo cuidar la salud de los estudiantes del Colegio Real de San Martín, lugar adonde asístían los hijos de las principales familias del virreinato, así como la de los seminaristas del noviciado jesuita en el pueblo de indios llamado Santiago del Cercado, próximo a la ciudad, que luego en 1610 se trasladó adonde ahora se encuentra la sede de la Universidad de San Marcos frente al parque Universitario.


La población de indios que vivía en El Cercado estaba bajo protección de la Compañía de Jesús, siendo el ingreso de los españoles restringido. Los jesuitas tenían allí una residencia y oficiaban de doctrineros.  Desde 1618 existía en dicho pueblo una casa llamada de Santa Cruz en la que se acogía a los indios acusados de prácticas de hechicería, idolatría y curanderismo.  Habían como sesenta reclusos. Allí, además de ser adoctrinados, trabajaban en telares para ayudarse en su sustento. La casa estaba a cargo del padre Pablo Joseph de Arriaga de la Compañía, que como procurador acompañó a Diego de Torres Bollo en su viaje a Roma, por tanto una persona que conoció y frecuentó a Salumbrino.

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Los misioneros jesuitas fueron importantes fuentes de información para Salumbrino sobre la medicina nativa. Especial mención habría que hacer de Bernabé Cobo, quien durante varios años, de manera intermitente, vivió con Salumbrino en San Pablo y compartió con él la información médica obtenida de las misiones en que sirvió, como Cusco, Juli y Arequipa.

En su monumental obra Historia del Nuevo Mundo, Bernabé Cobo resume el conocimiento que sobre plantas medicinales nativas circulaba en San Pablo durante la primera mitad del siglo XVII. Durante los varios años que Salumbrino trató a Cobo, es obvio que debieron intercambiar conocimientos sobre plantas medicinales (ver Anexo 1 Vademecum Jesuita de Plantas Medicinales...)

En su obra Cobo trata del árbol de calenturas, con referencia al que luego se conocería con el nombre de quina. El término con el que lo designa nos hace recordar a Nicolás Monardes quien en 1578 al tratar de este árbol dice: Toman de ella (la corteza) como un haba pequeña hecha polvos, se toma en vino tinto o en agua apropiada, cuando tienen la calentura.

El famoso naturalista e historiador jesuita menciona que el árbol crece en la ciudad de Loja, diócesis de Quito, que es grande, tiene la corteza como de canela, un poco más gruesa y no muy amarga; la cual molida en polvos se da a los que tienen calenturas y con sólo este remedio se quitan.

Este dato debió provenir de los jesuitas en Quito, actual capital del Ecuador. En 1574 llegaron a esa entonces pequeña villa los primeros religiosos de la orden. Entre los varios destacados jesuitas que sirvieron allí y que bien pudieron ser las fuentes de donde se conoció del árbol de la ciudad de la Inmacuada Concepción de Loja, quizás incluso por haberse curado de la malaria con su corteza, están Juan de Frías de Herrán, Diego González Holguín y el propio Diego de Torres Bollo; aunque la estadía de este último en Quito fue solo de unos meses.

Cobo hace mención a más de cien plantas nativas anotando sus propiedades medicinales, entre ellas la quinua como antiinflamatorio, la maca para la fertilidad, la chicha o bebida del maíz para los riñones y vejiga, las raíces del cuchucho como revitalizante, la coca para el asma, ronquera de pecho, digestión, dolor de muelas, diarreas etc. 

En realidad la primera botica jesuita en el Virreinato del Perú abierta al público, sin fines comerciales, se creó en la misión del pueblo de Juli frente al lago Titicaca, algunas décadas antes que la de Lima. Los jesuitas llegarón allí a fines del año 1576 y establecieron una Residencia. Fue fruto de la medicina misionera que practicó la Compañía de Jesús desde su llegada entre la población indígena. Narra la Crónica Anónima de 1600 que en la misión de Juli hay un hospital con dos salas y camas suficientes con sus colchones, frazadas y pabellones donde se curan todos los indios enfermos del pueblo con particular cuidado y regalo y lo que en otras partes rehusan de ir al hospital , que llaman casa de muerte, aquí estando indispuestos vienen a rogar al padre que los admita y el salir se les hace de mal. Fue aquí donde los jesuitas se familiarizaron con la farmacopea indígena.  

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Los jesuitas José de Acosta como Bernabé Cobo hacen notar en sus obras la importancia que tienen las plantas por sí para los indios y no sólo por su utilidad. Esto se ve en la preocupación de los nativos por dar un nombre a cada planta sin importar su provecho. Este tema ha llamado poco la atención en los siglos siguientes, al igual que el estudio de las lenguas antiguas, quizás porque dicho aprecio por la naturaleza de las civilizaciones andinas o su cultura ha despertado sospechas de ritos paganos, de ignorante superstición o por prejuicios culturales. ¿Qué explicación darle a las prácticas de la sacerdotiza Luisa Quellay de un pueblo de la sierra norte de Lima, condenada por idólatra, que en aquellas épocas oficiaba en una quebrada de aguas termales iluminada por una gigantesca luna derramando chicha y coca para lograr mejores cosechas o que paleaba la semilla que iba a sembrar con el árbol de tara? Eran ofrendas a la Pachamama, la divinidad femenina, la Madre Tierra, a la que desde un inicio los indígenas identificaron con la Virgen María. 



En el siglo XX el padre Jaime Madden de la congregación Maryknoll celebrando una misa bajo códigos culturales aymara, siguiendo la pauta jesuita de inculturación del Evangelio
                             

Los antiguos peruanos se relacionaban con las plantas, con los cerros, los ríos y lagos, con el trueno y el rayo para descifrar los misterios esenciales de la naturaleza y de su propia existencia. Las plantas no eran solo un alimento, remedio o juzgadas por su utilidad. Observaban sus efectos sobre su cuerpo y comunidad, buscaban en ellas respuestas para su bienestar general así como para encontrar o confirmar sus guías éticas y espirituales. Su objetivo primordial no era el curar a un enfermo, a diferencia de la perspectiva de la medicina moderna. Las plantas como otros elementos de la naturaleza eran los lugares dónde habitaba la divinidad y los seres divinos, los espíritus de los antepasados, el libro en que leían las indicaciones que daban los espíritus; lo que para los judios y cristianos era la Biblia, para los hindues los Vedas o para los musulmanes el Corán. Asimismo eran medios para manifestar su admiración y devoción por la vida.

Algunos historiadores se centran en descubrir si un pueblo tenía signos convencionales de comunicación como letras o números; pero se les pasa por alto el detalle, de que hay distintos alfabetos. Algunos de estos, como el de algunas culturas americanas, se basan en símbolos naturales, sea una planta, las olas del mar, un cerro o un astro. Estos conforman un sistema de indicios o señales infinitos. Una de las tantas evidencias es el interés de estas culturas por las plantas alucinógenas, con las que buscan comunicarse con un universo espiritual. Es posible que en un futuro descifremos algunos de estos conjuntos de símbolos para lo cual probablemente necesitemos inventar nuevas palabras.

Hay temas importantes que aun no están en la agenda de la historia occidental, por ejemplo la presencia del pasado en el presente. La concepción lineal del tiempo en las culturas hoy consideradas modernas motiva el origen de la escritura para registrar los acontecimientos que ya ocurrieron. Recordar los detalles es importante. Esta necesidad no la tienen las culturas como la andina para quienes el pasado sigue siendo actual. Los antepasados siguen vivos, por ejemplo e interactuando con el ahora y nos asisten a través de varias vías entre ellas las plantas. No son importantes los pormenores de lo que aconteció sino aquellos de un tiempo presente que es a la vez pasado y futuro, de un momento sólo concebible en un espacio.
  
En ese pasado prehispánico estar sanos dependía de que pudieran conjugarse armoniosamente estos elementos naturales. La salud era un concepto espiritual, religioso pues la Divinidad y la vida, la materia, eran en el fondo lo mismo. Sólo de manera secundaria se interesaban por las propiedades curativas de las plantas para reestablecer la salud del que ya estaba enfermo. Incluso en este caso, el acto de sanacion estaba más dirigido a restituir este equilibrio con la naturaleza, con el cosmos, que a estudiar científicamente las propiedades médicas de la planta. En muchos casos el sistema debió funcionar bien e incluso mejor que el occidental contemporáneo. Esto no sólo por las propiedades químicas de la planta, como en el caso de la quina, sino porque el sistema médico era holístico; tenía en cuenta la mente y el espíritu del paciente así como su ubicación en el cosmos y no sólo su cuerpo.

Hay razones para pensar que los jesuitas se adentraron también en estos misterios, en el sentido de que no tienen aun una explicación científica, procurando encontrar afinidades y coincidencias con la espiritualidad y medicina andina o al menos respetando los códigos culturales de estas primeras naciones. Prueba de esto es la inculturación del Evangelio en las culturas andinas y de estas en el cristianismo en el Perú. El encuentro entre Europa y América suscitó sin duda muchos conflictos sin embargo dio origen a un progresivo proceso de unidad. El acercamiento, en sentido positivo, se dio en lo espiritual, aunque le tomó siglos a la iglesia cristiana aceptarlo plenamente. Para ello los católicos tuvieron que empezar a aceptar que no eran la única fuente de verdad y revelación divina.  

Los jesuitas fueron pioneros. Se les acusó siempre de ir más allá de lo que las jerarquías civiles y eclesiásticas estaban dispuestas a tolerar en estas materias. En India, China y América los jesuitas se adaptaron a las costumbres nativas, que incluían rituales, la llamada Política de Acomodación; considerándolos compatibles con el cristianismo. Lo mismo no ocurrió con otros sectores del clero católico, apegados al dogma romano y muy susceptibles a todo lo que fuera o pareciera paganismo. Esta controversia causó el fracaso de la cristianización del Asia. Fue una lástima que la Iglesia buscara encontrar idolatrías entre los evangelizados y no aquellas que se practicaban en nombre de Dios que son mucho más graves, como el culto al poder y al dinero. En términos del Evangelio, ver la paja en el ojo ajeno.

Cabe recordar aquí, que fue la corteza peruana o quina la que abrió las puertas de China a la Compañía de Jesús y a la cristiandad cuando el emperador Kangxi fue curado de malaria por los jesuitas franceses Claude de Visdelou y Jean de Fontaney a fines del siglo XVII.


En el Dictamen Fiscal de Pedro Rodriguez de Campomanes del 31 de diciembre de 1766 que sustentó la Pragmática Sanción del 2 de abril de 1767 de Carlos III expulsando a los jesuitas de todos sus reinos se acusa a estos, en particular a los de Perú, Santa Fe, Quito y Chile de ser proclives a los indios y condescendientes con sus ritos supersticiosos. En el caso de Chile, el fiscal pone como ejemplo la tolerancia al ceremonial de curación que los indios mapuches o araucanos llamaban del machitun. Denuncia el Dictamen que esta es la misma práctica que la orden justificaba en sus misiones en la China e India.


La expulsión de los jesuitas, con el consiguiente cierre de la Botica y el fin de la medicina misionera de la Compañía de Jesús infringió un grave daño a la salud pública del Virreinato y al desarrollo de una medicina que se nutría del conocimiento nativo. Un ejemplo más de como el ejercicio irracional del poder y la violencia afectan las políticas de bienestar de la población.   

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A partir de 1608 se acentuó la presencia de los jesuitas en los hospitales de Lima por instrucciones de su nuevo provincial el padre Juan Sebastián de la Parra, que reemplazó a Esteban Paez. El padre Parra gobernó la provincia hasta 1616. Fue procurador en Roma la última década del siglo XVI durante varios años, dónde es muy probable haya conocido y frecuentado a Salumbrino. Es de imaginar que este último haya tenido una importante participación en estos hospitales, sobre todo en el de San Andrés para españoles y en el de Santa Ana para indígenas y tenido así la oportunidad de conocer de cerca las bondades y limitaciones de sus boticas.

Salumbrino se fue relacionando con la población de Lima de varias maneras, antes de fundar su famosa Botica. Con los virreyes y máximas autoridades de gobierno civil y eclesiástico, pues estas iban a la enfermería a visitar a algunos sacerdotes enfermos o que ya se encontraban en agonía. Con el pueblo en general, incluidos indígenas y esclavos, a través de sus visitas a las hospitales y enfermerías así como por la atención que les dispensaba sea en San Pablo o yendo a sus hogares.

Algunos de los casos que se mencionan en su biografía son los siguientes:

En una ocasión, fue a visitar a un joven que estaba gravemente enfermo y desahuciado por los médicos. Fue llevado por un sacerdote que era tío del joven. Salumbrino lo examinó le tomó el pulso y concluyó que no moriría. La anécdota es interesante pues muestra que en la ciudad se recurría a Salumbrino cuando ya los médicos se habían rendido. Lo mismo ocurrió, cuenta su biógrafo, con un estudiante del Colegio de San Pablo por quien habían perdido toda esperanza de que viviera.

En otra oportunidad no le quedó sino dar eficaz consuelo. Unos esposos muy dolidos por la muerte de dos de sus hijos el mismo día rogaron a Salumbrino, a quien tenían por santo, que los resucitase pues podía tanto con Dios.Él se limitó a consolarlos diciéndoles que Dios les daría un hijo ese año y otros más adelante. Según narra su biógrafo, todo se cumplió; razón por la que se le atribuía también el don de la profecía.


La enfermería del Colegio carecía de botica. Formarla fue una de las primeras tareas de Salumbrino. Con este propósito empezó a sembrar plantas medicinales, acopiar especies nativas, así como a construir la infraestructura para un laboratorio y hacer fabricar o adquirir equipos de farmacia. Las condiciones estaban dadas para que hiciera su aparición  la quina en los anaqueles de la Botica.

Bibliografía del Capítulo 8:

-ANÓNIMO, El Testamento de Salomón, traducido del Códice de la Biblioteca de París después de la edición de Fleck Wissensch.

-CRÓNICA ANÓNIMA DE 1600, en La Utopía Posible, Tomo I, de Manuel M. Marzal.
-BERNABÉ COBO, Historia del Nuevo Mundo, estudio preliminar y edición del padre Francisco Mateos, Madrid 1956
-ALONSO DE ANDRADE, JUAN EUSEBIO NIEREMBERG, Varones Ilustres en Santidad, Tom. V, Madrid, 1666

-DOCUMENTO XIII, TESTIMONIO DE LAS SENTENCIAS DE LA VISITA DE IDOLATRÍAS, publicado por Juan Carlos García Cabrera en Ofensas a Dios, pleitos e injurias, Cusco 1994

-PEDRO RODRÍGUEZ DE CAMPOMANES, Dictamen Fiscal de Expulsión de los Jesuitas de España, edición de Jorge Cejudo y Teófanes Egido, Madrid 1977

-ENRIQUE TORRES SALDAMANDO, Los Antiguos Jesuitas del Perú, Lima 1882

-LUIS A. EGUIGUREN, Diccionario Histórico Cronológico, Tomo II, Lima, 1949

-INSTITUTE OF MEDICINE, Malaria: Obstacles and Opportunities, Washington 1991

-LUIS MARTÍN, La Conquista Intelectual del Perú, España 2001

-MARTA E. HANSON, Jesuits and Medicine in the Kangxi Court (1662-1722), en el Pacific Rim Report Número 43, Universidad de San Francisco, California, Julio 2007

-COMMITEE ON DOCTRINE, UNITED STATES CONFERENCE OF CATHOLIC BISHOPS, Guidelines For Evaluating Reiki as an Alternative Therapy.

-ERNST HEMPELMANN, KRISTINE KRAFTS, Bad Air, Amulets and Mosquitoes, Malaria Journal 2013



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