Capítulo 9: LA BOTICA JESUITA


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Hasta mediados del siglo XX se podía apreciar en el centro de la ciudad de Lima algo de lo que fue el hermoso edificio de la Botica fundada por Salumbrino. Su fachada y patio interior con arquerías. Con un espacio amplio al frente, empedrado, para el estacionamiento de las carrozas. Un zaguán con ingreso a un patio para recibir o despachar carga. El año de 1943 un incendio destruyó la construcción. Cuando se removieron los escombros y se excavó sólo se encontraron  vidrios de frascos de la Botica. El terreno es ocupado hoy por las Salas de Referencia y de Estudio del edificio de la antigua Biblioteca Nacional que da al Jirón Miro Quesada, cuadra cuatro, contigua al Banco Central de Reserva del Perú.





Edificio de la Botica en esquina derecha antes del incendio de 1943

Quedan pocas cosas de la Botica: hasta tres inventarios conocidos y alguna otra documentación que nos ha permitido recrearla.

Desde cualquier parte de la ciudad era fácil llegar a la Botica. Lima entonces tenía sólo ochentaitrés cuadras o manzanas y podía recorrerse todo su perímetro en catorce mil novecientos pasos que se contaron en 1619 para cercar Lima con una muralla según informa Gerónimo Pallas.
Pasando la puerta de entrada se encontraba la sala principal de la Botica con su característico amasijo de aromas vegetales. Había un mostrador, escritorios con balanzas, pesas, morteros y embudos para preparar a la vista del cliente el medicamento. Garantía de seriedad. Un nicho de María, recuerdo de qué en aquella época la salud y la religión iban de la mano.
                                                         Sala principal
  
Los primeros años se atendía a puerta cerrada. Los medicamentos producidos por Salumbrino se destinaban a atender las necesidades internas del Colegio de la Compañía de Jesús y de su noviciado. Asimismo a proveer a las enfermerías que regentaba la Compañía de Jesús, incluyendo las de sus haciendas para la atención principalmente de los esclavos africanos, así como para limosnas para ser distribuidas a través de los misioneros de la Compañía a los pobres en los hospitales, en la ciudad o en el pueblo de Indios del Cercado.

El concepto de limosna, como cosa que se da por amor a Dios, en el mundo cristiano es mucho más amplio que el de dar dinero; dar medicinas por ejemplo puede ser en ocasiones mucho más importante. Como enfatiza San Agustín, son limosnas también visitar a un enfermo, sostener a un débil, curar a un herido, consolar a un afligido. En general incluye en la noción toda obra de misericordia, incluido el perdonar o corregir.

La práctica de la medicina misionera por los jesuitas, era un pilar fundamental para su labor evangelizadora entre indios y africanos.  Refiere el padre Gerónimo Pallas, testigo presencial que en la epidemia de sarampión de 1618 salieron del Colegio muchos hermanos cirujanos y que tenían práctica en saber curar enfermos llevando medicinas y cosas de botica por distintos caminos para asistir a los indios. Todo lo cual tuvo saludables efectos. Estos remedios misioneros eran producidos por Salumbrino en San Pablo.


Los superiores de la Compañía de Jesús se veían también en la necesidad de atender pedidos particulares de autoridades políticas o civiles, empezando por el propio Virrey y su entorno en la corte y autoridades religiosas como el arzobispo de Lima. El boticario, hermano Salumbrino, venía de Roma precedido de mucha fama. Estos requerimientos debían ser atendidos para construir y mantener las relaciones de la Compañía. Resulta difícil pensar que el provincial de la Compañía o el rector del Colegio de San Pablo pudieran negarse a responder a estos ruegos.

Los vínculos que se fueron tejiendo entre Salumbrino y su Botica con el pueblo de Lima y del Virreinato del Perú, a todo nivel social, llevó a que esta se hiciera pública y abriera sus puertas a toda la ciudad y con el tiempo a todo el mundo. En los tiempos que la administró Salumbrino mucha gente iba a la Botica, como atestigua su biógrafo. Uno de los principales atractivos del establecimiento era el propio Salumbrino, su origen italiano, las historias que se contaban de él, los personajes que había frecuentado, su casi ejecución en Roma (lo limeños vivían, como hasta ahora, embelezados con los rumores y los chismes), las apariciones de la Virgen y su destreza en la preparación de medicamentos.   Él fue un gran promotor de la salud en la ciudad no sólo poniendo a disposición de la población los remedios sino también orientando a las familias en temas preventivos y de sanación. El impacto que tuvo esta labor y lo agradecido que estaba el pueblo con él, en especial las mujeres, se puede apreciar en la descripción que se nos hace en su biografía de sus funerales, como veremos en el Capítulo siguiente.  

En su época dorada y hasta la expulsión de los jesuitas en 1767, en la sala principal había una estantería completa donde se lucían con mucho orden y pulcritud finos botes de cerámica de Talavera de la Reina traídos de España, varios con el anagrama jesuita IHS, la abreviatura del nombre de Jesús en griego, pomos de cristal, de vidrio y de barro y cajas de madera.


Las sustancias, simples y compuestos, en los anaqueles de la Botica superaban el millar. Se encontraban en la sala principal y en los otros ambientes como la rebotica y almacenes del segundo piso en envases con semillas, hojas, flores, piedras bezoar, minerales,  aceites, bálsamos, aguas, colirios, tinturas, emplastos, esencias, grasas, extractos, sales, gomas, jarabes, píldoras, trociscos, espíritus, zumos e infusiones, polvos, entre ellos los famosos provenientes del árbol de la quina para curar la malaria o paludismo.

La esperanza, alegría y alivio que dio a la población del virreinato, en particular a los esclavos, los polvos de la corteza del árbol de la quina provenientes de la Botica de Salumbrino es inimaginable. Cantidad de vidas se salvaron, sobre todo entre la población africana del campo tan expuesta a la malaria. Lo mismo ocurrió en todo el mundo. La medicina apareció atendiendo una necesidad del mercado, como ocurre hoy en día? No, fue por amor a Dios y por  las mayorías necesitadas. 

A través de su farmacia Salumbrino incorporó diversas plantas medicinales nativas que le referían otros misioneros, como el padre Bernabé Cobo. La vinculación con el pueblo de Lima no hizo sino enriquecer la información sobre estas plantas y sus usos. Entre ellas estaba la corteza del árbol de la quina, pero también varias otras como las semillas de calabaza, la quinua, rosa mosqueta, sangre de grado, sauco, aceite de algodón, canchalagua, mastuerzo, castañas, huarango, yareta, maqui maqui, semillas de marañón, ortigas, palo santo, chinchimali, chochos, culantrillo, vira vira, airampo, tara; por mencionar algunos que aparecen en los inventarios de la Botica además de los que trata Bernabé Cobo. En Anexo 3 aparece la relación de plantas que se expendían en la Botica de San Pablo según registran sus inventarios; se encontraban al natural o secas (semillas, hierba, hojas, cogollos, cortezas, savia, resina, goma, raíces, flores, frutos, cáscaras) o en aceites, bálsamos, destilados, esencias, extractos, infusiones, jarabes, polvos, cenizas, sales, en vino, aguardiente o licor, zumos o jugos, ungüentos, conservas, miel y emplastos.  

Muchos de los productos eran elaborados por Salumbrino en el laboratorio y cocina de la farmacia. Allí tenía sus hornos a leña, ollas, molinillo, zarandas, alambiques y otros equipos. Los insumos que usaba provenían en gran parte de las haciendas de la Compañía de Jesús, los mismos que al ser procesados por Salumbrino adquirían un enorme valor agregado. Nos referimos principalmente a la miel de caña y azúcar  para jarabes y para preservar medicamentos, también se hacía confitería y conservas que se vendían en la Botica. Otro tanto podemos decir de los vinos y vinagres para hacer remedios, aceites de oliva, algodón y linaza y dátiles para purgantes livianos.



                                                Laboratorio y cocina
                                

La Botica no sólo expedía medicamentos sino también confitería, conservas, producidos con miel de caña, azúcar y otros productos de las haciendas de la Compañía de Jesús. También encontramos venta de manteca de cacao, chocolate, café, especerías como canela y vainilla. Asimismo jabón, incluidos los finos de Castilla importados de España, manteca, cera de Nicaragua, esponjas y talco.

Un cuarto entero de la Botica estaba dedicado a la producción del orozuz o regaliz, Glycyrrhiza glabra, para endulzar la cascarilla o polvos de la quina, que son amargos, así como otras sustancias, como señala David Stuart en Dangerous Garden. Al orozuz se le atribuía también propiedades anti-inflamatorias buenas para el aparato respiratorio y la digestión.


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Otro aposento importante de la Botica era la oficina de Salumbrino, donde recibía a los que con él iban a negociar, como da cuenta su biógrafo. Este era un ambiente privado. Era aquí donde se realizaban los transacciones económicas más importantes como las ventas al por mayor a otras boticas, conventos, corte del virrey, gremios y cofradías, a otras ciudades tan lejos como Quito, Santiago o de Argentina así como de exportación a Europa como en el caso de productos como la corteza del árbol de quina. Los negocios en este aposento son los que explican el extraordinario auge económico de la farmacia. Faltan todavía estudios sobre el movimiento comercial que desarrolló, pero por las estimaciones que podríamos hacer habría superado en margen de ganancia a los negocios de las haciendas de la Compañía de Jesús. Resta decir que el Colegio como tal estaba autorizado a tener rentas y posesiones a diferencia de la Casa Profesa y la Residencia del Cercado  







                                                Aposento de Salumbrino

Según la última descripción que tenemos de esta oficina privada, que era a su vez el dormitorio del administrador de la Botica, hecho más de un siglo después de la muerte de Salumbrino; tenía su propio mostrador y estante completos con sus cajones, armario, banco con respaldo. Era un ambiente pulcro y elegante con cornisa de madera.


Salumbrino tenía un gran talento para el comercio como lo demostró desde muy joven al servicio del conde Marco Aurelio Manser. Asimismo, tenía un profundo conocimiento del negocio farmaceútico adquirido en Milán y Roma. Tenía la virtud de los grandes empresarios, una gran honestidad basada en el desapego al dinero y orientada en cambio al buen éxito de las inversiones. Esto significaba en el caso de Salumbrino, facilitar recursos económicos a la Compañía de Jesús que le permitiera cumplir con su misión evangelizadora con una cierta independencia del poder político español. Aunque no solo eso, la Botica era una institución que permitía a la Compañía una relación estrecha y permanente con toda la población de Lima, incluídas sus autoridades y era una fuente de abastecimiento de remedios para repartir limosnas a los más pobres.  

No todos los superiores de la orden veían bien que la Botica se hubiera convertido en una próspera empresa. Prueba de ello es que poco tiempo después de morir Salumbrino, en 1656 el padre Leonardo de Peñafiel como Provincial del Perú estableció restricciones al comercio con seglares así como a que estos invirtieran en la Botica, como seguramente lo venían haciendo. Igualmente prohibía que se involucrara en grandes operaciones sin previa autorización del Provincial. En 1660 el padre Andrés de Rada instruyó que se dejara de vender al por menor viéndose en la necesidad de introducir tantas excepciones a la regla que prácticamente la disposición resultó inutil, como señala Luis Martín. Lo mismo debió ocurrir con las limitaciones a la venta de medicamentos a otras boticas y el control de precios ordenada por De Rada.


En las grandes transacciones el precio era relativo, estaba en función del volumen de venta, la naturaleza del trueque, en su caso, y el crédito que se concertaba. Es probable que Peñafiel ni De Rada entendieran de esto y pensaran posible manejar un negocio con precios oficiales, sujetos a control del superior religioso.

De la biografía de Salumbrino se deduce que las negociaciones no eran siempre fáciles. Más de un proveedor o comprador mayorista perdía los papeles, llegaban a gritar e insultar a Salumbrino, sin que este respondiese a sus agresiones verbales; antes bien manejaba la situación con gran suavidad.  Este era el aposento del regateo.

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Habiendo entrado Salumbrino en los sesenta años de edad, las calenturas lo atacaron en Lima. Según cuenta su biógrafo fue una enfermedad muy grave que le duró muchos días, con fiebres ardientes y agudísimos dolores. Podemos conjeturar que sobrevivió gracias a la corteza del árbol de la quina, cuyas propiedades para entonces ya conocía. Si él hubiese muerto entonces, la salvación de Roma hubiese tomado quien sabe cuántos siglos más.


Un hermano de la orden que fue asignado como su asistente atestiguó varios sucesos extraños ocurridos en esta oficina, que servía también de habitación. En ocasiones estando él en la Botica, en circunstancias en que Salumbrino se retiraba a su aposento sentía el ruido temeroso que los demonios hacían, que algunas veces era tal que parecía caerle toda la casa. En una oportunidad, temiendo le hubiese sucedido algo, entró a verle encontrándolo arrimado a la cama y con señales de haber padecido mucho. Le preguntó quién había hecho aquel ruido, y quien le había maltratado. A mucha insistencia contestó que el demonio a quien él llamaba Chapín.
Según refiere su biógrafo los ruidos que hacían los espíritus malignos en su habitación eran terribles, dando silbos como serpiente, aullidos como perro y bramidos espantosos. Lo atormentaban con golpes y heridas, arrastrándole y afligiéndole de varias maneras.

En otro momento, narra su asistente, sucedió, que estando Salumbrino en oración a María, Satanás le acometió furioso y asiéndolo de los pies dio en él en tierra con tan grande golpe que casi perdió el sentido y las fuerzas sin poder menearse ni levantarse. Era invierno y Salumbrino se quedó así en el suelo hasta la mañana que vino alguien a despertarlo. Lo encontró dolorido, quebrantado y helado con la fuerza del frío. Llamó a otro compañero y entre ambos le acostaron y abrigaron haciéndole remedios para reparar sus fuerzas y que no diese fin a su vida.

Estos eventos podrían corresponder a alucinaciones causadas por las fiebres. Enmarañados laberintos por los que transitó el jesuita Salumbrino en su lucha contra el Plasmodium.

¿Sufrió en carne propia Salumbrino el ataque del Plasmodium? ¿Fue esta la gran batalla entre el flagelo que causó tanta muerte y dolor a la humanidad con el personaje llamado a infringirle su primera gran derrota? Su biógrafo no aporta mayores luces sobre como sanó. Esto no es de extrañar pues en toda su biografía no se menciona al árbol de las calenturas o de la quina. Quizás su biógrafo ni el editor de su biografía eran conscientes a mediados del siglo XVII del gran aporte de Salumbrino a la historia de la medicina. Si sus contemporáneos consideraron que su vida merecía escribirse y publicarse fue porqué fue un ejemplo en la práctica de la medicina misionera y un gran maestro de caridad; no porque fuera un gran científico o talentoso empresario. Después de esta enfermedad, Salumbrino se reincorporó a sus actividades como enfermero y boticario.

¿Cómo fue que Salumbrino se encontró con la cura de la malaria? Descartamos que haya sido un acontecimiento súbito, como el que ocurre en los cuentos. Fue más bien fruto de un largo y paciente aprendizaje de décadas de la identificación de la malaria a través de sus síntomas para hacer un adecuado diagnóstico así como de las propiedades de las plantas medicinales nativas. Es obvio que Salumbrino aprovechó el conocimiento de otros jesuitas que lo antecedieron en la Provincia del Perú o que le fueron contemporáneos. Su aporte consistió en experimentar con la corteza de quina y corroborar sus efectos. Esto no debió ser fácil, primero tuvo que romper los paradigmas de los conocimientos farmacéuticos de entonces renuentes a admitir que una sola sustancia simple pudiera curar un flagelo tan grave. Un cura así sonaba más a brujería que a ciencia. De otro lado tuvo que llegar a establecer la dosificación adecuada de administración del medicamento a través del ensayo error.

El gran aporte de Salumbrino fue confirmar que al centro del Universo y del ser humano se encuentra la caridad, el amor desinteresado y fértil, ese que exige renuncias y sacrificios pero que misteriosamente genera grandes resultados para la renovación de la vida y la evolución integral del hombre. El núcleo no es el poder, la gloria ni la riqueza, sino la relación de uno con el prójimo que necesita ayuda y de la relación de uno con el árbol o la naturaleza en general. Encontró el Reino de Dios allí donde Jesús dijo que estaba. No está aquí o allá sino entre nosotros (Lucas 17, 20-25)  Salumbrino no ganó nada para sí con su trabajo ni siquiera fama en la posteridad. Esta concepción de la que participó Salumbrino fue y sigue siendo tan revolucionaria como la heliocéntrica de su contemporáneo Galileo Galilei, con quien compartió el mismo año de nacimiento y muerte (1564-1642).

Por esta misma época, en 1624 siendo provincial en el Perú el padre Juan de Frías de Herrán y rector de San Pablo Diego de Torres Vásquez, Salumbrino recibió en San Pablo la noticia de los trágicos acontecimientos en Roma del año anterior causados por la malaria.

A los ocho días del mes de julio de 1623, en el verano romano, el papa Gregorio XV murió de esta enfermedad. Se repitió en cierta forma la historia de 1590 en que el mal acabó con la vida de dos pontífices, el papa Sixto V  y a las pocas semanas con la del  electo Urbano VII. Sólo que esta vez fue más grave. A la muerte de Gregorio XV, los cardenales se recluyeron en un Cónclave para elegir al nuevo papa. Como resultado del encierro, ocho cardenales y treinta de sus secretarios murieron por la malaria. Varios otros quedaron infectados, incluido Urbano VIII el nuevo papa. Ese año el Plasmodium falciparum se había vuelto a adueñar de la ciudad de Roma, del destino de su gobierno y de la Iglesia en el mundo.

Bibliografía del Capítulo 9:

-DIRECCIÓN GENERAL DE TEMPORALIDADES, documento de 13 de abril de 1768, Inventario y Tasación de la Botica del Colegio de San Pablo,

-ALONSO DE ANDRADE, JUAN EUSEBIO NIEREMBERG, Varones Ilustres en Santidad, Tom. V, Madrid, 1666

-ABATE BERGIER, Diccionario de Teología, Tomo 5, Madrid 1832

-ENRIQUE TORRES SALDAMANDO, Los Antiguos Jesuitas del Perú, Lima 1882

-COMPAÑÍA DE JESÚS, La Iglesia de San Pedro de Lima, Lima, 1994 

-INSTITUTE OF MEDICINE, Malaria: Obstacles and Opportunities, Washington 1991

-LUIS MARTÍN, La Conquista Intelectual del Perú, España 2001

-FIAMMETTA ROCCO, The Miraculous Fever Tree: The Cure That Changed the World, Londres 2004

-DAVID STUART, Dangerous Garden, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2004 

-JUAN ELÍAS, Apuntes (dibujos) de la Botica del Colegio de San Pablo, 2005

-JOSÉ J HERNÁNDEZ PALOMO, Misión a las Indias, por el P Gerónymo Pallas, Estudio y Transcripción, Sevilla 2006

-PÍA PAMELA ARCE BALAREZO, imágenes 3D de la Botica de San Pablo




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