Capítulo 10: LA CONDESA DE CHINCHÓN



Busto en honor a la condesa de Chinchón
                                                                       
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La malaria que aquejó al virrey Luis Gerónimo de Cabrera y Bobadilla, conde de Chinchón está bien documentada en el Diario de Lima de Juan Antonio Suardo, suerte de secretario del virrey. La madrugada del siete de mayo de 1631 el virrey aquejado de tercianas malignas, se preparó a morir en su palacio de Lima.  A las cinco de la mañana se confesó y comulgó con el padre Diego de Torres Vásquez, provincial de los jesuitas en el Perú. El  virrey de cuarenta y cuatro años de edad encomendó a la condesa el cuidado de su pequeño hijo Francisco Fausto de apenas tres años.


Los condes habían llegado a Cartagena de Indias en junio de 1628 y alrededor del mes de octubre al puerto de Paita. Aquí se separaron, el conde siguió viaje a Lima por mar y la condesa en razón de lo avanzado de su preñez lo hizo por tierra, dando a luz en Lambayeque a Francisco Fausto el cuatro de enero de 1629.
Al conde lo acompañaban en su habitación el médico de la corte Juan de la Vega, otros facultativos así como varios otros  servidores de la corte. A fines del mes de abril el conde había tenido que excusarse de asistir a las reuniones oficiales. A principios del mes de mayo no podía ya firmar siquiera el despacho.  Los médicos, constituidos en junta que sesionaba dos veces al día, lo habían estado tratando con sangrías. No obstante los cuidados,  el cinco de mayo la condición del paciente se agravó y las calenturas fueron en crecimiento.

Perdidas las esperanzas en la medicina, la condesa recurrió a la ayuda divina. Mandó repartir cincuenta monedas de plata de veintisiete gramos cada una a cada convento y hospital de la ciudad así como dos candelabros de plata de mucho valor a la iglesia de Nuestra Señora del Prado para que los religiosos pidiesen a Dios por la salud de su esposo. Una hipótesis que explicaría la razón por la que la historia del descubrimiento de la quina giró durante siglos en torno de ella es que haya sido la condesa la que en su desesperación y búsqueda recurrió al boticario de San Pablo, Salumbrino, encontrando así a la única persona en el mundo que tenía el remedio preciso para salvar la vida de su esposo.
El nueve de mayo la fiebre cesó de momento y el virrey algo recuperado pudo seguir atendiendo el asunto más importante que tenía a su cargo, apurar la llegada a Lima de los cientos de mulas cargadas de plata que venían de Oruro y Potosí para embarcarla a España.

El veinticinco de mayo,  el conde volvió a recaer con accidentes de fríos y calenturas disponiendo sus médicos que lo volvieran a sangrar. Luego lo trataron con purgantes, razón por la cual no pudo trasladarse de Lima al puerto del Callao a presenciar la puesta a bordo de los metales en las naves. 

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A últimas horas de la tarde del treinta y uno de mayo de 1631 se hizo a la vela la armada real con dirección a Panamá llevando el millonario cargamento de oro y plata.

En una de las naves viajaban los procuradores jesuitas padres Alonso Messia y Hernando León Garavito custodiando los fardos con la corteza de quina en polvo, preparados por Salumbrino. Después de casi veinte días de navegación el inapreciable medicamento llegó a la ciudad de Panamá, donde fue descargado para cruzar en mulas el agreste camino del itsmo palúdico hasta Portobelo para seguir a Cartagena y la Habana, cruzar el Atlántico y llegar a Sanlúcar de Barrameda en Sevilla. En este puerto deslumbró la descarga del oro y la plata, de los cueros y del palo de Brasil. La llegada del polvo de quina pasó desapercibida.  Finalmente siguió su camino a Roma y a su destino final el Hospital del Espíritu Santo. Partiendo del Callao, un viaje de seis meses de muchas peripecias y riesgos por las tormentas y demás inclemencias naturales así como por el temor a los ataques de los piratas y enemigos de España.   

El Virrey salvó la vida. Para el mes de junio ya se encontraba recuperado de las fiebres. Considerando su gravedad y su cercanía a los jesuitas, resulta verosimil que se curó con los polvos de la quina provenientes de la Botica de Salumbrino. Esto no descarta necesariamente el que la condesa, su esposa, haya sufrido tambien del mal y haya recibido la misma cura. No sería nada extraño compartiendo la misma habitación y mosquitos.

La historia de las tercianas del conde fueron narradas en una suerte de diario oficial, manuscrito, que llevaba en esa época Juan Antonio Suardo en la corte. En dicho diario no se hace mención a que la condesa también sufriera de malaria, lo que ha dividido a los historiadores entre quienes piensan que la condesa padeció la enfermedad y los que no. Entre los primeros está Torres Saldamando que sostenía en el siglo XIX haber leído una carta en el Archivo Nacional de Lima, en el legajo 1179, en el que el general de la Compañía de Jesús en Roma, que era entonces el padre Mutio Vitelleschi, expresa al padre Nicolás Durán Mastrilli, provincial de la Compañía en el Perú,  su satisfacción de que hayan sido los jesuitas los que curaran de malaria a la condesa con la corteza. 

La leyenda de la condesa se origina con el médico genovés Sebastián Bado, en su obra  Anastasis corticis peruviae, seu chinae chinae defensio (Resurrección de la Corteza del Perú o defensa de la Quina Quina) publicada en 1663. Bado señala que quien se curó de malaria con la quina fue la condesa, recogiendo la versión que escuchó a un comerciante de su ciudad llamado Antonio Bolli que vivió en Lima en esa época.

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La literatura recogió la historia y la contó de distintas maneras, en género de novela, tradición, teatro y poesía. La primera novela fue Zuma o el Descubrimiento de la Quina, escrita en francés por la condesa de Genlis. En este mismo género está Hualma el peruano de un autor alemán identificado con el seudónimo de W.O. von Horn. El tradicionalista peruano Ricardo Palma escribió Los Polvos de la Condesa.  José María Pemán, español, fue autor de una obra teatral, poema dramático, que fue muy popular titulada La Santa Virreina



En las artes plásticas el busto de la condesa y virreina del Perú, Francisca Enríquez de Rivera, obra del escultor Antonio Ballester, se luce hoy en la explanada de una de las colinas del pueblo de Chinchón, cercano a Madrid. El monumento se encuentra al lado de lo que fue el palacio de los condes, hoy Teatro Lope de Vega, y de la Torre del Reloj, única edificación que queda de la antigua iglesia de Nuestra Señora de la Gracia. Es un bello paraje de álamos y flores. La placa conmemorativa está dedicada por el pueblo de Chinchón a la condesa como descubridora de la quina.

No entraremos a la discusión sobre si la condesa padeció o no de malaria. Lo que importa es que el sentimiento popular la eligió a ella y no a su esposo ni a otra persona para  rendir homenaje a todas las víctimas del Plasmodium y al descubrimiento de la quina. Cuando el pueblo visualiza o imagina no importa si algo aconteció o no sino el  valor de ese anhelo en el largo plazo. La leyenda de la condesa nos dice varias cosas, entre ellas que el sufrimiento de cualquier enfermo tiene un sentido así como lo que hagamos por aliviarlo. El ser humano se ve obligado a adivinar una cura, a veces durante miles de años mantiene la esperanza. La búsqueda es el motor que impulsa a encontrarla. Representar idealmente algo bueno para la vida aviva la inventiva y pone al ser humano en camino de alzanzarlo. Este es uno de los dos mecanismos más importantes de nuestro proceso para sobrevivir y evolucionar como  especie.  El segundo es el amor al prójimo.

La leyenda, basada en hechos reales, nos enseña también que la cura a una terrible enfermedad o padecimiento podría encontrarse en una planta y en el conocimiento tradicional de pueblos antiguos; y no necesariamente en un medicamento inventado en un laboratorio. 

A partir del acontecimiento que narramos y durante los siguientes diez años de vida Salumbrino vio crecer la Botica, ahora potenciada con el comercio y la exportación de la corteza de quina. Un año antes de su muerte supo la de la condesa de Chinchón. Ella, el conde y su hijo Francisco Fausto regresaban a España pero llegando a Cartagena de Indias la condesa murió el 14 de enero de 1641. No sabemos si sus restos fueron lanzados por la popa de una nave al Atlántico, considerando que en un lugar de tanto calor es imposible mantener muchos días un cadaver a bordo o se enterraron en una iglesia de ese puerto.

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Cuenta su biógrafo que a pesar de los achaques que sufría Salumbrino por la vejez y de su arduo trabajo, sólo tres meses antes de morir dejó sus ocupaciones. Le dio gran inapetencia y no podía probar alimento, con lo que sus fuerzas se fueron consumiendo y quedó postrado en cama. Dios lo llamó a su presencia el tres de agosto de 1642 a los setentaiocho años de edad.

El funeral del fundador de la Botica en la capilla del Colegio de San Pablo los días tres y cuatro de agosto de 1642 tuvo una concurrencia inusual, considerando que el finado era solo un hermano jesuita dedicado en vida a los humildes oficios de enfermero, cocinero y boticario.

Sabemos que estuvieron presentes en las exequias, además de los religiosos, un innumerable número de personas de distintos estados, vale decir españoles, mestizos, negros e indios. Hubo una gran presencia de mujeres.

No se registra que haya asistido el entonces virrey Marqués de Mancera, tampoco se menciona la asistencia oficial de la Audiencia o del Cabildo o del arzobispo de Lima. No se siguió un protocolo oficial ni civil ni religioso, salvo el de las sencillas reglas que prescriben las Constituciones de la Compañía de Jesús para el entierro de cualquier miembro de la orden.

Lo destacable es que el pueblo de Lima se hizo presente de manera masiva; incluidos todos los gremios de artesanos y comerciantes de la ciudad. Desfilaron los carniceros, menuderos, pasteleros, cereros, confiteros, molineros, mesoneros, pasamaneros, espaderos, carpinteros, zapateros, sederos, sastres y los albañiles. Esto puso en evidencia un hecho de trascendental importancia. El pueblo se sentía identificado con la Botica de Salumbrino, se habían establecido lazos profundos con ella y su fundador. Una relación así de ninguna manera podría explicarse por la actividad comercial de la Botica.  Esto nos debe llevar a reflexionar sobre las carencias de nuestras actuales instituciones de salud, incluidas las farmacias,  que no logran esta vinculación con la comunidad en la que actúan.

Su cuerpo fue exhibido en un féretro abierto. Refiere su biógrafo que después de divulgarse su muerte vinieron desalados de todos gremios y estados innumerables personas a venerar su bendito cuerpo como de santo, besándole los pies y las manos, tocando con sus rosarios su cuerpo y tomando lo que podían por reliquias.

A no defenderle los religiosos de casa, le hubieran hecho pedazos según el gentío que cargó sobre él y el ansia con que pedían alguna cosa que hubiese traído o tocado como reliquia de verdadero santo.

En especial cuando le quisieron levantar para llevarle a  la sepultura, fue tal el alarido de las mujeres y la fuerza con que embistieron a tomar algo de su mortaja que a no defenderle la justicia, no pudieran enterrarle.

Al fin después de mucha violencia, le colocaron en un nicho aparte, con la veneración que pedía su santidad  y la estima que todos tenían de ella, cuya gloria quiso manifestar nuestro Señor con algunos milagros que sucedieron luego que pasó de esta vida a la eterna.

Su biógrafo atribuye a Salumbrino, después de muerto, varias curaciones  a distintas personas. Lo que no imaginó es que Salumbrino en vida ya había realizado el mayor de sus milagros.

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Como se sabe, el universo del Plasmodium permaneció oculto hasta finales del siglo XIX en que el médico francés Charles Louis Alphonse Laverán logró observar con un microscopio en muestras de sangre fresca algunas de sus formas; primero una media luna que se volvía esfera y de la que surgían filamentos que se desprendían y cobraban vida propia. Al principio casi nadie tomó en serio su descubrimiento. Las mejores mentes científicas no podían imaginar que algo tan fantástico fuera real. Poco tiempo después Ronald Ross, médico ingles, sorprendió a la comunidad científica internacional mostrando como ese extraño ser descubierto por Laverán se valía también del mosquito para procrear en su interior y transmitir la enfermedad a otro ser vivo.

Resultó como si existieran universos paralelos y múltiples Génesis. En uno el ser humano era el centro, criatura concebida para sojuzgar la tierra. En el del Plasmodium la creación giraba en torno de él, nosotros eramos su alimento. Los mosquitos se encargaban de facilitar su entrance a nuestro escenario. Al germen le interesaban tan poco nuestros afectos como a nosotros los de las vacas o pollos.

En 1860 Markham explora las selvas de Carabaya, Sandia y Tambopata al sur este del Perú y recolecta especies de árboles de quina calisaya para llevar a la India. El lugar más favorable que encontró Markham en la India por su parecido con el medio ambiente prevaleciente en los lugares donde había encontrado la quina calisaya fue Coorg estableciéndoe una plantación como señala George King en su Manual of Cinchona Cultivation in India. En los años siguientes se hiceron siembras masivas del árbol de quina en la India y otros lugares del Asia. El árbol se convirtió en un aliado del hombre y a cambio este lo ayudó a propagarse a otro continente, aunque casi causa su extinción por la sobrexplotación y falta de cultivo en su territorio de origen. Luego en el XX se mejoró sustancialmente el diagnóstico de la enfermedad con las pruebas de sangre. A mediados de ese siglo se logra sintetizar en laboratorio la sustancia natural de la quinina lográndose una amplia disponibilidad de medicamentos. Igualmente, al haberse identificado al mosquito como agente transmisor del Plasmodium se le combate con químicos y otros medios preventivos.

Sin embargo, los resultados positivos no lograron el éxito esperado. La malaria de ser una enfermedad a la que todo ser humano estaba expuesto, sin importar su condición social, pasó a ser una de las principales causas de muerte de los pobres al lado de la tuberculosis y el VIH/SIDA. En el siglo XXI un millón de personas muere al año por la malaria y es posible causa concomitante de dos millones más de muertes, según informes de la Organización Mundial de la Salud. Aproximadamente el ochenta por ciento, son niños de entre cero a cuatro años en el Africa subsahariana. Los infectados, casos agudos, se estiman en casi quinientos millones de personas, que al padecer los síntomas y la debilidad no pueden vivir bien, ni trabajar o ayudar a mantener a su familia. En el subcontinente americano los pobladores de la Amazonía son las principales víctimas.

Es importante sin duda el desarrollo de la ciencia, el saber diagnosticar y haber descubierto la cura. Sin embargo hace falta otro ingrediente indispensable: la caridad desinteresada, el amor al prójimo, sin discriminaciónes, la práctica de la medicina misionera de la que Agustín Salumbrino fue un ejemplo. Creemos que esta es la llave que nos permitirá actuar no obstante los otros llamados problemas estructurales que se encuentran tras las enfermedades de los pobres.

Si estudiáramos el alma colectiva del Plasmodium éntenderíamos que la solidaridad para los seres humanos no es sólo un tema religioso o moral sino un requisito para la preservacion de nuestra especie. Desde esta perspectiva fundamental la unidad entre los hombres basada en la compasión debería ser también un tema académico y científico, pues sin ella no sobreviviremos. Lo mismo podemos decir de la alianza del hombre con los árboles y la naturaleza uno de cuyos logros fue precisamente el hallazgo de la cura de la malaria.

La medicina tradicional y la misionera de las que heredamos el árbol de la quina, parten de que la salud es fruto del equilibrio entre lo divino y el hombre, por tanto el contenido ético es esencial. Asimismo ve la sanación en un sentido amplio, que se enfoca a curar no sólo el cuerpo humano sino la mente, el espíritu de las personas y de todo ser viviente. La medicina moderna en cambio excluye esta concepción por considerarla propia de la religión o filosofía pero no de la ciencia.

Para la medicina científica la causa de la muerte de cientos de miles de niños al año por malaria es el Plasmodium y el mosquito Anopheles. Sin embargo, esta visión es limitada y por tanto débil, no le importa analizar otras causas como la indiferencia de los Estados y de las instituciones mundiales por las poblaciones marginadas, el desinterés por los niños africanos o amazónicos, la aplicación de fondos para el armamentismo y no para la prevención, diagnóstico y tratamiento de la malaria etc. La perversidad del sistema capitalista como lo ha hecho notar Bill Gates es que se gasta más dinero hoy en día en estudiar como evitar la calvicie que en investigar la malaria. El Templo se ha vuelto a convertir en una casa de mercado. Estos temas no tienen cabida en una facultad de medicina de una universidad moderna. Esta mirada parcial e incompleta de la ciencia, versión occidental, la encamina básicamente al desarrollo del medicamento o a la búsqueda de un mejor insecticida. Y en la consecución de estos objetivos limitados con frecuencia cae en anteponer el mercado y el lucro al bienestar de todos. La ciencia moderna aunque pretenda ser neutral no lo es. ¿Con qué autoridad académica, no sólo moral, podríamos entonces tachar de irracional o no científica a la medicina tradicional o a la misionera? ¿No resulta absurdo haber convertido el acceso a la salud principalmente en un asunto de comercio?

Si buscamos ser una gran familia en camino hacia la evolución integral no podemos excluir a una inmensa mayoría que es pobre de la prevención o cura de la malaria. Para apoyar a quienes siguen expuestos y sufriendo de este mal no podemos esperar a que reciban lo que por justicia les corresponde, se reduzca la brecha entre los ingresos de unos y otros, importen tanto los niños africanos como los occidentales, hayan postas médicas equipadas y con personal suficiente, los gobiernos asignen un presupuesto decente para un tema como el de salud, hayan líderes mundiales y políticos más sensibles, eficientes y menos aferrados al poder y a beneficiarse del mismo, menos guerras o conflictos, a que las personas estén bien alimentadas, empleadas, informadas y educadas etc; todo esto es importante pero no se pueden dilatar las acciones. Movidos por la misericordia y/o por el más elemental instinto de conservación hay que trabajar con lo que tenemos confiados en que si lo hacemos puede ocurrir un milagro. Esta es la gran lección de Salumbrino, más allá del descubrimiento de la cura de la malaria. Esta es una tarea de todos, no sólo de médicos, profesionales y personal de salud.

Por suerte, cómo en toda época hay siempre una luz que se mantiene gracias a instituciones, empresas y personas de buena voluntad, de toda clase social, que dejando de lado las diferencias humanas siguen dando la batalla contra la malaria y otras enfermedades que aquejan y sufren más los pobres. Seres que se identifican con el bienestar común de todos, incluidos los desheredados de manera especial y prioritaria. Desde la Bill & Melinda Gates Foundation hasta humildes promotores de salud que mediante el voluntariado, sin percibir una remuneración, recorren las áreas palúdicas prestando asistencia, así como los médicos, enfermeros, personal de centros de salud, farmaceuticos, hierberos y curanderos nativos que prestan servicios en esos difíciles lugares, los religiosos o laicos de distintas religiones que ejercen la medicina misionera entre los más necesitados (Dios no tiene religión, decía Gandhi), a los familiares y amigos de los enfermos que los asisten y a los propios enfermos. Nuestro homenaje a todos ellos y a la chispa divina que se manifesta en cada uno y nos une. Finalmente nuestra esperanza de que en algún lugar del mundo esté naciendo en cualquier momento otro Salumbrino.



FOTOGRAFÍAS INÉDITAS DE PATIOS Y

AMBIENTES DE LA MANZANA DE LOS JESUITAS

EN LIMA, HOY DESAPARECIDOS (Colección
Elena Wiese, Escuela Normal de San Pedro de la
Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús,

1934) :

  



























Patio de Recreo  

Patio de San José 

Patio de la Virgen 
                                                                 Galerías de Estudio          
                                                

                                                                                 

Salón de Clase

Bibliografía del Capítulo 10:

-JUAN ANTONIO SUARDO, Diario de Lima, introducción y notas de Rubén Vargas Ugarte S.J, Lima, 1935

-ALONSO DE ANDRADE, JUAN EUSEBIO NIEREMBERG, Varones Ilustres en Santidad, Tom. V, Madrid, 1666

-ENRIQUE TORRES SALDAMANDO, Los Antiguos Jesuitas del Perú, Lima 1882

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