En
las páginas que siguen, nos aventuraremos en un viaje a través del tiempo por un
recorrido que nos llevará desde las polvorientas calles de la ciudad de la Lima virreinal hasta los salones de la historia mundial. Siguiendo el rastro de la pluma de
Ricardo Palma, ese maestro de la tradición, nos detendremos en un episodio que,
aunque breve en sus relatos, resuena con la fuerza de un eco ancestral: la
historia de "Los Polvos de la Condesa".
Juan Valera, perspicaz observador de la narrativa palmina, vislumbró en sus tradiciones el germen de vastas novelas, reconociendo la verdad que Palma vestía con "mil primores". Y es precisamente en esa verdad adornada donde encontramos la esencia de nuestra historia: la del hermano Agustín Salumbrino, un jesuita cuya labor en la Botica de la Compañía de Jesús en Lima, trascendería los límites de su tiempo.
Imaginen
la escena: un crisol de culturas y conocimientos, donde los secretos de la
medicina andina se entrelazaban con la ciencia europea. En ese escenario, la
quina, un tesoro oculto entre la frondosidad de los Andes, se reveló como un
arma poderosa contra la malaria, ese flagelo que oscurecía el horizonte de la
humanidad.
La
Botica de los Jesuitas, un santuario de sabiduría, se convirtió en el punto de
partida de un viaje épico. La quina, más preciada que el oro, emprendió su
travesía hacia Roma, desafiando las sombras del desconocimiento y la
resistencia. Su llegada al Hospital del Espíritu Santo marcó un antes y un
después, un hito que cambiaría el curso de la historia.
Pero
esta no es solo una historia de remedios y curaciones. Es una historia de
esperanza, de ingenio y de la lucha incansable contra la adversidad. La quina,
ese regalo de la naturaleza, nos recuerda la importancia de valorar y preservar
el conocimiento ancestral, de buscar en las raíces de nuestro pasado las
soluciones para los desafíos del presente y del futuro.
Los
invito, pues, a sumergirse en estas páginas, a descubrir los secretos que
encierra la historia del hermano Agustín Salumbrino y la quina. Que este viaje
sea un recordatorio de la fragilidad de la vida y de la capacidad del ser
humano para superar los obstáculos, un testimonio del poder de la ciencia y la
sabiduría para transformar el mundo.
Alberto Bailetti Wiese